EL BAILE DE LOS DIFUNTOS

El primer requisito para honrar a los difuntos es reconocer que efectivamente están muertos. Y luego contarlos, porque aunque nunca esté de más recordar a nuestros deudos, en el caso de rendir homenaje a las víctimas de una epidemia parece imprescindible saber al menos la causa de su fallecimiento.

Por eso el luto nacional decretado por el Gobierno es otra impostura más, otra expresión de su naturaleza dolosa, de su talante fraudulento; pretende dignificarse a sí mismo mediante un protocolo fariseo mientras manosea las estadísticas y altera el recuento para rebajar el impacto social de la catástrofe con un inventario cicatero.

Después de dos meses y medio disfrazando la tragedia bajo la alegre épica del confinamiento, divulgando un relato maquillado que evitaba las imágenes del sufrimiento en los hospitales y de las hileras de féretros, el presidente intenta dulcificar su falta de respeto y de sensibilidad con un simulacro de duelo.

No cuela porque llega tarde y porque en ese tiempo malversado ha sido incapaz de visitar a los enfermos, ha ignorado la escalofriante realidad de la morgue improvisada en el Palacio de Hielo y ha sepultado con mentiras y ocultaciones el mínimo resto que pudiera quedarle de crédito.

El baile de las cifras de mortalidad es un agravio que resulta especialmente desconsiderado cuando coincide con la pretensión de simbolizar el dolor del país en un extemporáneo ceremonial funerario.

Si la coartada del retraso en el luto era la de esperar que la famosa «curva» de contagio declinase para rearmar moralmente a un pueblo angustiado, la incompetencia en el arqueo de datos convierte la iniciativa en un sainete sarcástico.

La lista de muertos sube y baja en un tobogán de cambios de criterios de cálculo que el inefable portavoz Simón justifica con el lenguaje abstruso de un funcionario ofuscado. No lo sabe explicar porque no hay modo de explicarlo: se trata de una mezcla pringosa de ineptitud, propaganda, estupidez, desidia y engaño sazonada con la suficiente dosis de autoconfianza o de cinismo para tomar por tontos a los ciudadanos.

Da igual; durante diez semanas de caos, cada cadáver acumulado en el anonimato ha sido un aldabonazo de angustia en la estructura moral de una nación a la que se le ha negado oficialmente hasta la oportunidad del llanto.

Quizá pronto veamos a Sánchez componer uno de esos falsos gestos compungidos que forman parte del repertorio escénico de todo político. Y se pondrá la corbata negra que no quiso lucir en los más dramáticos días de la pandemia porque se la había madrugado la derecha.

Tal vez incluso pretenda convencernos de que le pesan en la conciencia esas bajas cuya condición de víctimas regatea en el vaivén de una contabilidad siniestra. Y puede que nos invite a llorar y compartir con él su tristeza hueca, como si no supiera que ya hemos llorado, en silencio, por nuestra cuenta.

Ignacio Camacho ( ABC )