EL BARCO DE CHANQUETE

No. No habíamos visto mayor empecinamiento desde el barco de Chanquete. No habíamos visto mayor obstinación infantiloide en la rebelión. En el fondo, Carles Puigdemont está haciendo un favor a un género en declive, el de la tragicomedia. Lo ha recuperado como género universal empequeñeciendo, y es una pena, al mismísimo Paco Martínez Soria. No había necesidad de humillar así la memoria de Manolo Gómez Bur, Pepe Isbert o Sazatornil, cuyo elenco gestual enmudece en nivel interpretativo frente a la elocuencia del patetismo con que nutre Puigdemont cada una de sus apariciones públicas. Prófugos ilustres como El Lute, El Dioni o el mismísimo Luis Roldán ya no son nadie. Puigdemont agranda el mito de la huida como síntoma de una autodefensa enfermiza mientras los jueces le miran a lo lejos como diciéndole «pero hombre… si no va a ser para tanto».

La reentrada de Puigdemont en España será esposado o no será. Ni siquiera hace falta un tuit ingenioso. Puigdemont representa hoy lo más grotesco de nuestro humor patrio porque está a proa del barco de Chanquete, potentado en un cultivo soberano de lechugas y ajetes para gritar al Estado que su barco es su casa, y su casa, independiente. Sin embargo, la comicidad se transforma en tragedia porque emerge esa irascible sensación de que cuando la broma sobrepasa los límites de lo gracioso, el bromista necesita perpetuarla para convencer al juez de turno que actúa bajo el síndrome de un trastorno transitorio en lugar de hacerlo bajo criterios de coherencia política y legal. Asistimos a la resiliencia de un cobarde, una especie de William Wallace de Gerona pintado a franjas y esteladas como estrella del landismo más surrealista. Allí ya ni siquiera los supuestos hijos de Dalí lo son…

«El delirio puede ser causa atenuante, o incluso eximente, en un juicio penal»

La provocación nunca tiene límites. Puigdemont se ha propuesto ser víctima de una orden internacional de detención porque no soportará aterrizar en España ante una jauría de «fachas» con canciones de Manolo Escobar gritando «que viva España». Se lo pondrá fácil a la Fiscalía y a la juez Lamela, mientras -es de suponer- paga de su bolsillo la huida más esperpéntica desde la detención de Luis Roldán en Bangkok.

El delirio puede ser causa atenuante, o incluso eximente, en un juicio penal. Pero esto ya no es un delirio. Es el sumun de una soberbia racional y deliberadamente elaborada. Promete no acudir a la Audiencia Nacional por falta de garantías jurídicas, cuando Francesc Homs, otro valiente del «prucés», se disculpó ante el magistrado Marchena cuando este tuvo que recordarle en pleno juicio que no estaba en su casa, sino ante el Tribunal Supremo del Reino de España. Señoría, magistrada Lamela, no lo dude hoy: esto ya es trabajo paraTorrente, el brazo tonto de la ley. Puigdemont no merece menos.

Manuel Marín ( ABC )

viñeta de LindaGalmor