EL CABREO DE DOÑA MANUELA

Manuela Carmena encarnó en su pobre etapa como alcaldesa lo que podríamos definir como sectarismo de modales exquisitos, o intransigencia en guante de seda. Nunca perdió el amable tono de una abuela bien educada y de posibles.

Pero en la práctica se dejó mangonear por una tropa de extremistas que le llevaba el día a día, con radicales como su concejala Rommy Arce, cuyas majaderías desbordaban hasta los estrafalarios parámetros podemitas. Doña Manuela y su equipazo no supieron hacer ni lo elemental (limpiar las calles y ejecutar el presupuesto).

La exalcaldesa también falló en lo trascendente: carecía de una visión para Madrid y lo iba disimulando con ocurrencias, eslóganes progres huecos («welcome refugees», para luego no atenderlos y emplumárselos a Cáritas) y obras menores (ensanchar unas aceras no supone proeza alguna).

Su lucha contra la contaminación fue chapucera: tras molestar a todos el aire sigue como siempre, sucio. Madrid va como un tiro, merced al empuje de su sociedad civil y empresas, la fiscalidad baja del PP y el pinchazo de Barcelona por la autolesión separatista.

Pero Carmena no supo aprovechar esa ola con ideas nuevas. Le parecía más urgente molestar a los católicos con un anticlericalismo obsoleto que mejorar la imagen internacional de una magnífica urbe, atraer más capital o lanzar proyectos urbanísticos ambiciosos. Todo eran sermones, micro-rencores dogmáticos y mucha pose LGTBI.

Hace cuatro años, Sánchez decidió apoyar en los ayuntamientos a candidatos derrotados del populismo neocomunista, a pesar de su incompetencia y planteamientos frikis. En Madrid ganó las municipales Aguirre, pero fue entronizada Carmena, y a ella le pareció estupendo.

Ahora que le han devuelto la jugada, Doña Manuela olvida el talante guay y luce un notorio cabreo: mal tono, incluso con comentarios faltones a su sucesor, Almeida. En su adiós, la exregidora exigió que se «cuide la democracia», aludiendo a que debe gobernar el más votado. Estamos de acuerdo.

Debería ser así. Pero siempre. No solo cuando conviene a Podemos y PSOE. La constitución de los ayuntamientos ha evidenciado que urge reformar la ley electoral con una doble vuelta, aunque nunca se hará, porque los partidos prefieren este zafio chalaneo. Ha habido situaciones sonrojantes a cargo de todas las siglas. En Melilla será presidente un tío de Ciudadanos con un solo escaño.

En Orense ha habido un cambalache inaudito entre el PP de la diputación de los Baltar, hereditaria y caciquil, y su máximo crítico, un excéntrico que se inventó un partido, al que han hecho alcalde a cambio de conservar el poder provincial.

En Jerez de los Caballeros gobernará un señor de Podemos que quedó último con un concejal… Picaresca por doquier. Toca cuidar la democracia, en efecto, porque el minifundismo de la Nueva Política la está convirtiendo en un zoco de pillos, empezando por Sánchez, que decía airado que Rajoy no podía gobernar con 123 diputados y ahora que él tiene los mismos demanda sentido de Estado a los demás para que apoyen su victoria histórica. Una coña.

Luis Ventoso ( ABC )