EL CAMBIO VOTADO ES DE RÉGIMEN

Los andaluces han pedido cambio y lo han pedido con claridad. El precio de no atender su demanda sería demoledor para toda la clase política y elevaría los ya de por sí preocupantes niveles de desafección, abonando el terreno a los demagogos. La única interpretación legítima que emana de las urnas debe resolverse con la salida del PSOE de la Junta de Andalucía, cuya elefantiásica estructura de poder ha colonizado durante cuatro décadas, hasta el punto de generar una identificación entre partido y región propia de un régimen.

Existe una elocuente conformidad entre los analistas a la hora de deducir que el ciudadano ha votado en clave nacional, pero en cambio se ha abstenido en clave autonómica. Es decir, una buena parte de los andaluces le han cobrado a Susana Díaz la gravosa factura generada por la política insensata de Pedro Sánchez, que llegó al poder y se mantiene en él merced a una inmoral alianza con el populismo de izquierda y el separatismo golpista.

Y al mismo tiempo, buena parte del electorado más fiel al socialismo decidió quedarse en casa ante la ausencia de una oferta política ilusionante: la epidemia de clientelismo y corrupción extendida a lo largo de todo este tiempo y la insolvente gestión económica han desmovilizado al votante propio, mientras las consecuencias del procés y la deriva desnortada del sanchismo movilizaban al ajeno.

Corresponde por tanto a los partidos de centro-derecha protagonizar la pulsión de cambio expresada en las urnas. Pero para que esta esperanza de regeneración se conjugue con la ventaja de la experiencia y la garantía de la moderación, creemos que PP y Cs deben buscar acuerdos que les permitan alcanzar una mayoría estable de 46 escaños con la que formar gobierno, y a partir de ahí desarrollar mediante pactos puntuales un programa político consensuado que dé cauce a las reformas que necesita Andalucía.

En la nueva etapa política la fragmentación multipartidista no puede ser excusa para la parálisis legislativa, o de lo contrario se malogrará el mensaje enviado por los votantes. El diálogo entre adversarios ya no es una virtud sino una necesidad, y más vale que nuestros políticos lo aprendan de una vez porque todo apunta a que el ciclo electoral va a terminar de extrapolar esta fragmentación al resto de España.

Sin los votos de Vox, partido populista de derecha, no es posible voltear el régimen; el fariseísmo del PSOE ante esa opción delata el cinismo de quien estaba dispuesto a pactar con Adelante Andalucía, partido populista de izquierda. Ahora bien, de la responsabilidad de PP y Cs esperamos un programa que ponga coto a toda condición radical. Ninguna propuesta que exceda los valores constitucionales debe ser atendida. Conmemoramos el 40 aniversario de la Constitución: es la oportunidad de actualizar el espíritu de tolerancia que cifra el mejor periodo de nuestra historia.

El Mundo