EL CANDIDATO GAMBERRO

Puigdemont cree que su capacidad de resistencia y tozuda defensa del pocho procés le permitirá mantenerse a la cabeza del independentismo. Traicionó a Junqueras sin miramiento porque es un pillo y como tal cree que los demás también lo son y se desenvuelven en la penumbra. De modo que prefirió considerar que Junqueras quiso apuñalarlo primero. Los pillastres juegan con ventaja. Él mantiene su defensa de la vía unilateral mientras acude a la ópera y zampa mejillones gratinados. Los demás doblan la cerviz para salir de la cárcel. Quiere cargarse de razón y justificar torticeramente ante su audiencia su navajazo a los sediciosos en prisión: «¿Veis? En el fondo eran partidarios del deshielo».

El procés descansa en el Supremo. Sin embargo, Puigdemont continúa su show road. Entiende la antipolítica como nadie: mesianismo, folclore, palabrería, simulacro y mucha diversión. Mientras la tele aguante habrá procés, razona. Le basta con que llegue al 21-D. No es tan estúpido como para pensar que lo puede prolongar indefinidamente. Conoce el medio y sabe que hasta los públicos más enfervorizados se saturan. Concibe la política como un pasatiempo.

Por eso con su huida le ha dado una vuelta de tuerca a la función. En su nuevo sketch el histrión interpreta a un político gamberro con raya diplomática. Trató de desacreditar la imagen de España. Ahora busca conservar el apoyo de los fanáticos y sumar el de los alborotadores. No en vano, fue el president que designó la CUP. El prestidigitador no acata la ley. Fantasea con un regreso en loor de multitudes.

La extinta Convergència lo eligió por su inquebrantable dogmatismo. Hoy es un candidato sin partido dispuesto a la última voladura del sigiloso, acoquinado y gallináceo catalanismo burgués. Militante de sí mismo, se suma a la escuela del berlusconismo y trumpismo: tuitero, de verbo fácil y mensajes cortos, sencillos y maleables. Durante un tiempo le infravaloramos. No es un incauto.

Pretendía ser el malvado perfecto, o sea, «aquel que con sus acciones causa a otro pérdidas equivalentes a sus ganancias». No será así. Asume íntimamente que le queda practicar la política de tierra quemada: la derrota y generar pérdidas equivalentes a las suyas, a un lado y otro del Estado de derecho. El último acróbata del procés es un consumado guionista cuya chiflada troupe cuelga muñecos bocabajo. Piensa en su próximo número. Mañana, tras la decisión del juez Llarena, en vísperas del inicio de la campaña, en sus pantallas.

Javier Redondo ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor