EL CANDIDATO QUE QUISO SER » JUEVES »

Resultaba paradójico que quien, durante la designación de las nuevas autoridades de la Unión Europea, se presentó como gran adalid de la socialdemocracia que se levanta como un dique contra populistas y nacionalistas, auspiciara al sur de los Pirineos cohabitar con una formación neocomunista como Unidas Podemos.

Para colmo de males, bajo el padrinazgo de ERC y Bildu. Amigados ambos desde el malhadado Pacto de Perpiñán (2004) por el que la horda terrorista excluyó a Cataluña de sus acciones criminales y que articulan ahora un eje de destrucción de la nación española.

En medio de la zarabanda, actuando entre bambalinas, tampoco faltó el concurso a última hora del ex presidente Zapatero, actual embajador plenipotenciario del sátrapaMaduro, como intermediario con Iglesias y los separatistas.

Con la votación definitiva a punto de efectuarse y con la papeleta telemática de Irene Montero ya emitida desde el casoplón de Galapagar, el Maquiavelo leonés irrumpió en escena sugiriendo al caudillo de UP que podía salir del atolladero renunciando al apetecido Ministerio de Trabajo a cambio de reclamar la gestión de las políticas activas de empleo.

Ello le facultaría el manejo de una suculenta partida de buen provecho para hacer clientelismo político. Con ese variopinto cuadro de actores, no cabe duda alguna que se hubiera podido hacer una versión actualizada del clásico de Chesterton, siendo de gran entretenimiento a quien asignar el nombre de cada día de la semana.

Al tiempo, como estrambote, Sánchez consumaba su disposición a hacer su norte y guía las rayas rojas que se comprometió a no desbordar y acordaba hacerse con la Presidencia de Navarra con la llave falsa del brazo político de ETA, con quien el presidente en funciones se fundió en un simbólico abrazo el martes, cuando redujo a meras divergencias sus diferencias con una organización que no ha condenado los crímenes de ETA, entre ellos, los de muchos socialistas.

Entretanto, desde la tribuna de invitados, la gran beneficiada con esa trapacería, María Chivite, obsequiaba a Albert Rivera con una castiza peineta por denunciar tan flagrante claudicación. Nada se seca antes que la sangre. Fue lo que arguyó el general De Gaulle cuando resolvió que Argelia debía ser independiente y uno de sus consejeros empezó a objetar: «¡Tanta sangre derramada!». El general le cortó en el acto adaptando a la circunstancia gala el proverbio latino.

Mientras Sánchez atraviesa con paso decidido ese punto de imposible retorno, se hace una mudez ensordecedora en un PSOE callado como nunca antes. Ni siquiera durante el cesarismo de un González que ahora se muestra ominosamente transigente con quien acusó de haberle mentido y del que dudaba hace tres años que pudiera hablar durante «más de media hora» sobre qué se puede hacer por el país.

Junto a él, todos los barones críticos –DíazVara y Page– se han plegado a este tiempo de silencio, al igual que los tenores BonoChaves e Ibarra hicieron con Zapatero hasta el punto de poner en marcha innecesarias reformas estatutarias para darle aire de normalidad al inconstitucional Estatut de Maragall y acabar sentado en su Consejo de Ministros, como fue el caso del otrora virrey andaluz.

Empero, el pretendiente que quiso ser Jueves volvió a verse sorprendido por su socio de circunstancias, Pablo Iglesias. Si el viernes anterior a la segunda votación de investidura había dejado en evidencia a Sánchez, tras renunciar a puesto alguno en el Consejo de Ministros para no poner en riesgo las concesiones que le había arrancado al PSOE, quien saltó de un Gobierno de cooperación a la portuguesa sin ministros de Podemos a entregarle una Vicepresidencia a Irene Montero, su pareja, y tres carteras más, el líder de UP no pudo contenerse el día de autos. Apareció el escorpión que lleva dentro, cuya naturaleza le lleva a aguijonear a la rana, aunque perezcan ambos en el tránsito de una orilla a otra.

Teniendo posibilidad como ninguno de construir mayorías a derecha e izquierda, nada indica que Sánchez vaya a tomar otra dirección, por mucho que hable en contrario, empeñado en gobernar en solitario con 123 escaños (124 con la propina del Partido Regionalista de Cantabria).

Algo imposible. No puede jugar a la geometría variable de Zapatero con cuarenta escaños menos. Sus eventuales socios no van a estar, sin compartir parcelas de Gobierno a cambio, por la «geometría variable» como el que corretea a la gallina ciega.

En todo caso, hay que perder la esperanza de que, más allá de intentar anular a la oposición para persistir en sus tratos con el nacionalismo, el PSOE vaya a rectificar tras la fallida investidura del hombre que quiso ser Jueves.

Como en aquella discusión entre dos amigos sobre si la tostada cae siempre del lado de la mantequilla, lo que les lleva a hacer la prueba corroborando que cae de la parte untada, argüirán que se equivocaron de lado al untar la mantequilla.

Francisco Rosell ( El Mundo )