Recordar el afán totalitario del nacionalismo catalán no es una centralista agresión al nacionalismo o a la lengua catalana, como siempre esgrimen los nacionalistas para camuflar el asunto y evitar la discusión. Son los propios nacionalistas los que llevan un siglo explicando que el objetivo no es el bilingüismo.

Exigen del estado un bilingüismo ilimitado para, aprovechándose de ello, implantar en sus regiones el monolingüismo. Una vez metidas las lenguas propias con calzador, se aspira a eliminar la oficial por haber sido declarada, contra toda lógica y verdad, ajena e impuesta.

El nacionalismo catalán tiene, en esta cuestión, una larga tradición. Prat de la Riba escribió en 1906 que «son grandes, totales, irreductibles las diferencias que separan a Castilla y Cataluña, Cataluña y Galicia, Andalucía y Vasconía. Las separa, por no buscar nada más, lo que hace a los hombres extranjeros unos de otros, lo que según decía San Agustín (…) nos hace preferir a la compañía de un extranjero la de nuestro perro, que, al fin y al cabo, más o menos, nos entiende: les separa la lengua.

Dado este planteamiento, que le llevaba a considerar la compañía de un perro preferible a la de un castellano, el bilingüismo no podía ser sino aberrante. Las palabras utilizadas por Prat fueron estas: «monstruosa coexistencia de las dos culturas».

Nada más monstruoso, pues, que un suizo. El bilingüismo para Prat consistía en la monstruosa coexistencia de «dos culturas». Nada menos, según Lainz, que dos culturas.

A los nacionalistas nunca les ha importado ni la riqueza lingüística, ni la igualdad de oportunidades, ni los derechos de los hablantes. Sólo les importa los esotéricos derechos de la lengua porque en su voluntad de crear naciones artificiales es esencial la cosificación y posterior deificación de la lengua, esa especie de espíritu nacional que, al tocarles con su dedo, hace a los hombres parte de una nueva nación.

Para conseguir esta inmersión lingüística todo vale. Lo más extendido es prohibir a los niños hablar castellano en los colegios, pero hay medidas más virulentas. Hace unos quince años saltaba a la prensa el escándalo de los albergues de verano vascos en los que se castigaba a los niños a llevar la mochila llena de piedras por haber sido sorprendidos hablando en español.

En marzo de 1997 la concejala de eusquera del Ayuntamiento de San Sebastián, Beatriz Otaegui, de Eusko Alkartasuna, presentó un estudio en el que sugería a los niños vascófonos abandonar a sus amigos si estos les impelían a hablar en castellano, debiendo primar el eusquera sobre la amistad:

«La amistad es muy importante, pero los alumnos que tienen siempre como compañeros a una persona que no sabe eusquera, cambian de idioma y, de alguna manera, demuestran una ligereza y frivolidad de actitudes».

Los educadores nacionalistas de hoy tienen buenos maestros en la generación anterior. Paso a detallar, para finalizar, los comentarios del padre Lakakortexarena en un episodio de su juventud, de párroco en la localidad alavesa de Nafarrate, expuesta por Lainz en «Adios España»:

«No nos conformamos con vasquizar nuestro pueblo pequeño, también otro pueblo colindante, enteramente castellano, quisimos vasquizarlo y para ello todas las tardes de los domingos, reuniéndonos en una planicie niños, chicos y chicas y jóvenes de ambos pueblos, organizábamos unos partidos de balompié, con la condición de no decir una sola palabra castellana, imponiendo al equipo infractor de castigo, un tiro al arco.

En un principio ganaban siempre los de Nafarrate a los del otro pueblo, que se llamaba Betolaza, hasta llegar muchas veces a 40 goles, porque sin querer se les escapaban muchas palabras castellanas, por lo que eran castigados con penaltis».

A confesión de parte, exclusión de prueba. Nótese el grado de fanatismo requerido para narrar la anécdota con alegría y sin consciencia de su mezquindad. Llevan décadas construyendo sus naciones, manipulando y aprovechándose de la inocencia de los niños.

Tte. Coronel Enrique Area Sacristán ( El Correo de España )