EL CÉSAR Y LA OTRA » DISTANCIA SOCIAL »

Pues sí que se ha tomado Sánchez en serio esto del confinamiento y la distancia social… Lleva dos meses sin pisar la calle, de La Moncloa al Congreso y del Congreso a La Moncloa. Y gracias, porque si por él fuera (y así ocurrió en la primera quincena de la alarma) ni a las Cortes consentía ir hasta que la oposición se plantó y le llevó allí a rastras.

Ni un hospital, ni por asomo una morgue, ni un centro de distribución de ayuda (no hablemos ya de una parroquia donde se reparte comida a diario), ni un mercado central o una industria farmacéutica, ni unas cocheras de autobuses, ni una comisaría o una casa-cuartel… no ha pisado ninguno de los escenarios que forman parte del álbum diario de este tormento que tanto aflige a los españoles. Nada.

Por contra son incontables sus teleprédicas y las fotos distribuidas por el aparato de propaganda monclovita, como la firma del acuerdo para prolongar los ERTE por causa de fuerza mayor hasta el 30 de junio.

En Roma, los césares que gobernaban por decreto (¿les suena el método?) sólo solían entrar en contacto con el pueblo los días de «panem et circensis», cuando había reparto asistencial de comida y carreras, juegos o luchas en el Circo Máximo. Si venían mal dadas, mandaba el César a un tribuno de la plebe a dar la cara y que fuera de él lo que los dioses quisieran.

El tribuno de estos días puede ser, por ejemplo, Fernando Simón, que anda el hombre buscando infructuosamente grandes catástrofes (accidentes de tráfico masivos, infartos multitudinarios, terremotos o qué sé yo) de los que no tengamos noticia y que justifiquen los miles de muertos que no aparecen en la estadística del Gobierno. No es extraño que, como señala el último barómetro publicado por ABC, apenas el 18 por ciento cree que el Gobierno cuenta la verdad.

Quizá esta elusión de contacto con «la gente» (como diría el señor del «escudo social» que vive en Galapagar) esté provocada por un prematuro ataque del «síndrome de La Moncloa» que impide a sus habitantes salir del palacio presidencial, como le ocurría en la ficción a aquellos burgueses de «El ángel exterminador» de Buñuel.

Con esta otra «distancia social», Sánchez quizá trate de evitar el atracón de quina que ayer se dio Urkullu en su visita al hospital de Cruces, en Bilbao, donde los sanitarios no le bailaron un aurresku precisamente sino que le dieron una zorcico de abucheos al compás del cinco por ocho, o lo que es lo mismo, le cantaron las cuarenta.

Álvaro Martínez ( ABC )