EL CHICO DE LA MOTO

Hace veinte años que hemos cambiado de siglo y algunas estéticas del XX todavía conservan su aura de rebeldía, como la de la moto tocha y el cuero negro. Empezó en 1953, cuando Marlon Brando encarnó en «Salvaje» al jefe de una banda de moteros.

El póster de la película, con el rebelde apoyado sobre el depósito de su Triumph, todavía engalana garitos que se quieren modernos y habitaciones de chavales buscándose a sí mismos entre los alborotos hormonales. Motocicletas y libertad. A mi el Coppola que me ganó no fue el de «El Padrino» -que también-, sino el de aquella obra supuestamente menor de 1983 que vi en mis días universitarios: «Rumble Fish». Mickey Rourke, que todavía no había convertido su rostro en un pincho de ensaladilla, encarnaba al evocador Chico de la Moto, que intentaba domeñar su destino.

Escribió Marx que la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa. El doctor Simón ha posado en la portada de la revista de un periódico a lomos de su moto Suzuki y con chupa de cuero negro, en revisión castiza de la iconografía rebelde de Brando.

En páginas interiores, el doctor, con aire a lo Marty Feldman haciendo una trastada, se ríe enseñando una camiseta de estilo jevy en la que reza en letras gordas «Puto virus». Simón ha derivado en una suerte de icono pop del sanchismo, la guinda simpática para una ola de propaganda que intenta imponer la milonga de que el Gobierno lo ha hecho de maravilla.

Es sorprendente cómo la fama súbita hace perder el oremus a las personas más templadas. Un médico de 56 años, un profesional de buen currículo que ha trabajado en medio mundo, padre de tres hijos, posa en plan divo del rock y hace cuchufletas sobre una enfermedad que ha matado a más de cuarenta mil de sus compatriotas (cifra que no conocemos, pues él y su equipo no aciertan a facilitarla).

El héroe será muy majete y estajanovista. Pero ya ha derrapado demasiado. A comienzos de febrero decía aquello de «el riesgo en España es relativamente bajo y no hay ninguna razón para alarmarse». El 29 de febrero, con 50 infectados, concluía que «no hay motivos para cancelar grandes eventos». Solo diez días antes de la alarma, zanjaba muy seguro de sí mismo que «no tiene sentido cerrar colegios».

No tuvo reflejos ni para imponer la mascarilla a tiempo, lo que habría evitado muchos daños. «¿Qué más da una cifra más alta u otra más baja cuando hablamos de 28.000 víctimas? ¿Cambia algo?», se pregunta Simón. Estoy seguro que a los familiares y amigos de los 14.000 fallecidos que él no ha acertado a computar no les da igual.

Ha faltado delicadeza, proximidad y empatía con las víctimas y sus familias. Un presidente que se resistió al luto, que no acudió a un solo hospital, morgue o funeral, no fuese a ser que el drama empañase sus encuestas… La prioridad no fue acompañar a las víctimas, sino okupar la televisión y vender éxito a toda costa.

La OCDE advertía ayer que España es el país desarrollado donde los trabajadores tenemos más riesgo de contagiarnos. Pero la moto de Simón -y las motos que nos vende Sánchez- orillan los malos datos.

La verdad no da buenas fotos.

Luis Ventoso ( ABC )