EL CHISGARABISMO

CHISGARABISMO: Dícese del movimiento político español formado por líderes jóvenes, arrogantes y de escasa formalidad y sensatez. Paradigma del mandatario chisgarabís -o chiquilicuatre, si se prefiere el sinónimo coloquial- sería el actual vicepresidente segundo del Gobierno, que todavía no se ha percatado de que ya no está en la tienda

 Quechua con el megáfono, jugando a la revolución de los niños bien.

Pablo Manuel Iglesias Turrión es un padre de familia de 41 años y con tres hijos. Actualmente ocupa un cargo de vicepresidente de naturaleza ornamental. Es un comunista censor de la «casta», que vive como un alto burgués en un chalé con piscina decorativa y de precio cercano al millón.

Un madrileño que les tiende la alfombra roja a los separatistas. Un teórico paladín del feminismo, que ha consumado algo tan propio del machismo clásico como enchufar a su mujer en el partido y promoverla incluso a ministra. Si hubiese que trazar su perfil psicológico, dibujaríamos a un adulto atrapado en una personalidad adolescente, síndrome compartido por muchos españoles de su generación. Se resiste a asumir responsabilidades, tiene una pésima relación con la realidad y se entrega a un autobombo de su enorme yo que en nada se corresponde con sus realizaciones.

El campo español está en jaque. La globalización ha traído la competencia de los productos de países emergentes, más baratos y no siempre peores. Además se va a recortar la PAC, los fondos agrícolas que se llevan más de un tercio del presupuesto comunitario -al servicio sobre todo de Francia- y que mantienen al agro europeo sostenido con respiración asistida. Los dos últimos problemas son los intermediarios y los costes añadidos por la subida del salario mínimo de Sánchez.

Un problema complejo y muy serio. ¿Cuál es la solución que propone el chisgarabismo? «Lleváis la razón, ¡seguid apretando!», anima Iglesias, para sacudirse el muerto, a quienes cortan las carreteras con sus tractores. Es el retrato del adolescente perpetuo, incapaz de trabajar y asumir que su lugar ya no está tras la pancarta, sino aportando soluciones desde el despacho.

Idéntico reflejo púber cuando la oposición le afeó ayer en el Congreso que los tan progresistas Podemos y PSOE han bloqueado una comisión parlamentaria en Baleares para investigar la execrable explotación sexual de menores tutelados por el Consell. Iglesias huyó del fondo de la cuestión, que es gravísima, y se limitó a levantar una cortina de humo insultando a la oposición con tacos cutre-facilones y el latiguillo inevitable, «fascistas».

Bienvenidos al chisgarabismo del populismo chiquiliquatre.

Luis Ventoso ( ABC )