Lo que ha ocurrido en los últimos años en Cataluña ha sido culpa del club de pijos de Barcelona. Se hacen los ricos y lo deben todo, nunca han dado la cara por Cataluña ni por España, ni por la Guerra que ganaron sus abuelos, o sus padres; tampoco ahora se alzan por sus restaurantes cerrados.

Los que consintieron el 1 de octubre son los que ahora permiten que nos cierren los negocios. Si la élite de una sociedad no tiene ninguna interlocución con el poder, ni es capaz de guiar a su rebaño, y se deja arrasar por dos payasos como Puigdemont y Aragonès, no puede considerarse élite sino unos payasos más del espectáculo, que es lo que siempre fueron, pese a sus ínfulas, estos pijos de barrio.

Su idea de arte, de belleza y de amor es llevar a sus hijas a la escuela de danza Esther Bosch para que les enseñen a arrastrarse como gogós. Entre el Círculo del Liceo y el Tennis Barcelona, entre la humillante carraca de lo que queda del Grupo Tragaluz y esta reciente última pregunta de la gastronomía que se llama Harry’s -por ver si alguno de sus fatuos clientes se traga en su ignorancia que es el de Venecia- son el colectivo más hortera y cobarde de Europa.

Hay burdeles en los que tienes que pagar mucho dinero para que alguien se deje hacer lo que se han dejado hacer estos idiotas. Su aldeanismo es el reverso de su pretensión. Ya no existe la burguesía catalana, porque unos se vendieron las empresas y los otros se escondieron en una cínica neutralidad que les convirtió en cómplices del naufragio.

Eso los que no se dedicaron abiertamente a patrocinarlo, diciendo que no querían la independencia pero que pagaban «por si acaso». Faltaron a su deber de liderazgo social, farfullando como viejas lo que no tuvieron la virilidad de decir en voz alta.

Luego se hacen las indignadas cuando les retratan en su miseria, pero por culpa de su inhibición nos mandan fanáticos leñadores de Vic y de Gerona. Cataluña ha caído porque los que tenían que poner orden y decir «basta» son unos cretinos con demasiado orgullo para tan poca dignidad.

Dimitieron de su clase social, que era la última que les quedaba, porque a la intelectual nunca fueron llamados. El club de pijos de Barcelona es la vergüenza del mundo libre, la necedad que arruina cualquier propósito, la arrogancia y la dejadez en su punto exacto para que el mal pueda desplegar meticulosamente su plan.

Salvador Sostres ( ABC )