Inmersos en una gravísima e incierta tribulación sanitaria, con más de un millón de infectados, decenas de miles de muertos y un horizonte de peligro creciente y desbocado; sumidos en una gravísima e incierta ruina económica y laboral con miles de empresas cerradas o medio quebradas tras los ERTE, con otras miles a punto de cerrar y con un paro galopante, encubierto aún; enmarañados de manera inmisericorde en un destrozo de la convivencia asentada en la Constitución de 1978, con su modelo en entredicho y su Jefatura del Estado casi proscrita, y aplastados por la ideología de lo políticamente correcto, que ya va desde la bendición de ETA a la rendición del viejo dóberman PP, es natural que muchos estemos mentalmente bloqueados por el miedo.

No sabemos, no podemos, tal vez no queremos, luchar para mantener el más acertado, libre y benéfico modelo de convivencia que nos hemos dado en la Historia. Y eso da miedo.

En una sociedad sanamente democrática, el miedo no debe tener presencia. Pero en España, y no es una excepción porque el temor ya es algo latente en las sociedades llamadas occidentales, el miedo existe y crece y se extiende por contagio, como saben perfectamente los manipuladores de las masas.

Desde principios de año, hemos asistido a un afloramiento del coronamiedo, un virus político con el que tratan de infectarnos algunos grupos y partidos fácilmente reconocibles. Se trata de anular la defensa principal del valor de un ciudadano: la libertad, la de pensamiento, expresión y conciencia, para hacernos enfermos terminales de lo políticamente correcto.

La izquierda española siempre ha tenido claro qué es y qué no es lo políticamente correcto para ella. Todo lo que se piense por parte de las élites directivas de los partidos de la izquierda comunista, socialista y nacionalista es correcto.

Seguramente, la mala memoria de los españoles, que ya no se acuerdan ni de los asesinatos de ETA, no recuerda ya nada de cuando, hacia 1993, el PP era el dóberman agresivo e incorrecto que amenazaba la democracia española. Ahora vivimos la apoteosis de lo políticamente correcto de la izquierda porque ya llega incluso al antes demonizado PP, al que muchos defendimos y que ahora consiente la caza del nuevo dóberman, Vox.

Viene esto a cuento de mi sufrimiento personal a la hora de impulsar un manifiesto Contra la calumnia sistemática de Vox y los intentos de excluirlo de la vida española. Para los detentadores de lo políticamente correcto, Vox es un partido a marginar por antidemocrático, cuando no por fascista y nazi.

Pero no hay quien pueda probar que un partido que defiende la Constitución de 1978 y que cree, por ejemplo, que el Estado de derecho sólo existe realmente si las normas emanadas de su Poder Legislativo y las acciones de gobierno ejercidas por el Poder Ejecutivo tienen la garantía y el control de un Poder Judicial independiente, pueda calificarse de tal modo.

Sin embargo, puede probarse que cualquier tipo de comunismo, los nacionalismos separatistas, los herederos del terrorismo de ETA y algunos sectores socialistas nunca han querido ni quieren una democracia liberal como las existentes, con unos u otros matices, en el Occidente al que pertenecemos. Y son esos, precisamente, los que dictan impunemente qué es lo políticamente correcto en la democracia española.

¿Por qué tal sufrimiento personal? Porque al recabar firmas para que amigos y conocidos, conmigo y con otros, promovieran tal manifiesto, que defiende el derecho a la existencia política de Vox y denuncia las calumnias que sufre, he comprobado la envergadura de este coronamiedo que ya nos ha invadido.

Muy pocos se atreven a estampar su firma en un texto que lo único que defiende es el derecho de Vox a estar presente en la vida democrática española, mientras aceptan sin problemas que los totalitarios de la izquierda se sienten hasta en un Consejo de Ministros, se beneficie a los asesinos de casi mil españoles y se indulte a quienes perpetraron un golpe de Estado en Cataluña, por ceñirme a lo grueso.

Cuando esto ocurre, incluso entre los amigos, el sufrimiento es tan inevitable como el triunfo del coronamiedo y la dictadura que consagra.

Pedro de Tena ( Libertad Digital )