Algo extraño está pasando en este país cuando los nuevos líderes de opinión no son los políticos, ni tampoco los periodistas, sino algunos ciudadanos que se han subido a una tribuna tecnológica desde la que opinan, y han conseguido recaudar suficientes euros y seguidores como para inquietar a los vividores del presupuesto que secuestran el derecho a la protesta y la libertad de expresión.

Los llamados influyentes funcionan como comandos autónomos frente a las divisiones Panzer de los gobiernos y otras instituciones poderosas que se sienten incomodadas por el desparpajo con el que se expresan y el número de seguidores que les guardan fidelidad.

El poder prefiere la obviedad de la simpleza de quienes hablan de moda o de la insustancialidad de sus vidas, a la reflexión contundente de quienes, con más cerebro que músculos, dejan en evidencia sus contracciones.

Estos activistas de la reflexión están impulsando un debate que no se da en algunos Parlamentos – entre otros el nuestro –  donde resulta imposible que un miembro del gobierno responda a una pregunta que legítimamente le ha formulado un diputado que representa a unos ciudadanos que le han elegido en las urnas, porque los políticos no quieren hablar de sus privilegios, ocultan sus indecencias y bloquean la mínima posibilidad de ser investigados.

Entre la ocultación de sus excesos y chanchullos, que a veces investigan los tribunales de justicia, la ignorancia que promueven mediante la sustitución de la cultura por la actividad de los chiringuitos en los que emplean a sus fieles, y el silencio cómplice de sus seguidores, España es un erial de crítica y de autocrítica.

No andan mucho mejor que nosotros otros países en los que destacados influyentes establecen a diario discusiones argumentadas con otros ciudadanos sobre asuntos vitales para la defensa de la democracia, que hoy en un valor en riesgo.

A veces me imagino la sociedad como un río caudaloso de aguas bravas en cuyas orillas una muchedumbre corea consignas contra los que están en la de enfrente que intentan replicarles con argumentos. No les diferencia su ideología sino su capacidad para reflexionar y creo que unos y otros releyesen el clásico “Rebelión en la granja” de George Orwell, cuyo mensaje metafórico explicó en una entrevista en la que decía:

«Las únicas emociones que tendremos en nuestro mundo serán el temor, la rabia, el triunfo y la auto humillación. El instinto sexual será eliminado. Se abolirá el orgasmo, No habrá lealtad, salvo al partido al partido.

La intoxicación del poder existirá para siempre. Existirá la emoción de la victoria y la tentación de pisotear al enemigo que está indefenso. Imagínate una bota aplastando un rostro humano para siempre: esa es la imagen del futuro.

La moraleja que se desprende de esta peligrosa sensación de pesadilla es simple: No dejes que ocurra. Defiéndete.«

Diego Amario