La verdad salió a la luz tras casi una década de investigaciones para descubrir quién entregó a Ana Frank a sus verdugos. En agosto de 1944, los nazis descubrieron el escondite de la familia, que fue deportada al campo de concentración de Bergen-Belsen, donde Ana Frank murió de tifus en 1945. Setenta y siete años después del episodio, emerge la vieja certeza del que depreda para salvarse.

Fue necesario un equipo de 20 historiadores, criminólogos e incluso agentes del FBI para dar con la identidad de la persona que denunció a la joven y su familia. Según la investigación que la autora canadiense Rosemary Sullivan acaba de publicar en el libro ‘La traición de Ana Frank’, fue un prominente notario

 de la comunidad judía de Ámsterdam quien dio aviso del paradero: Arnold van den Bergh, el hombre que quiso salvar a su familia a cambio de proporcionar a los nazis la dirección de los Frank.

El episodio remite al acto primitivo de salvar el pellejo denunciando al prójimo. Sobrevivir pasando por encima de alguien más. Ana Frank padeció un infierno de tres años, dos escondida en un sótano y uno en un campo de concentración. Sin saberlo, algo mayor se impuso a su voluntad de permanecer viva. Quedan las páginas de su diario como el único testimonio de su breve paso por un mundo en el que todo horror es suceptible de volver a ocurrir.

En su obra ‘Temblores de aire’, Peter Sloterdijk ahondó en la lógica del exterminio, en la turbia niebla del terror como un paisaje que surgió bajo la bruma de los campos de exterminio y el silencio de quienes miraron a otro lado. Las preguntas -o mejor dicho, la actualización de esas preguntas- deja claro que todo hallazgo abre una nueva herida, en este caso la que surge a partir de la identidad de Arnold van den Bergh.

«La muerte es un maestro de Alemania», escribió Paul Celán. Él, como Primo Levi, padeció la angustia del perseguido, la condena del testigo, la culpa del superviviente. «Cuando estaba en el campo de concentración tenía siempre el mismo sueño: soñaba que regresaba, que volvía con mi familia y les contaba, pero no me escuchaban. La persona que tengo delante no me escucha, se da media vuelta y se marcha».

Una vez libre, Levi vagó arrastrando aquel peso. Nunca encontró el hogar al que ansiaba regresar: ya no existía. Y aunque pudo vivir para contarlo, prefirió arrojarse por el hueco de una escalera, aguijoneado a partes iguales por la vida y la muerte. Él, a su manera, nunca escapó de Auschwitz.

Anna Frank dejó sus tres cuadernos escritos entre 1942 y 1944 como un atado de verdad a los pies de la vida que le fue arrebatada. El hallazgo de la identidad de su delator despelleja la vieja pregunta sobre en qué momento, desesperadas por sobrevivir, las víctimas -Arnold van den Bergh también lo fue-, acaban comportándose como verdugos.

Karina Sainz Borgo ( ABC )