De entrada, he de dejar claro que respeto la decisión de quienes, en defensa de su salud y de la de los demás, deciden ponerse una vacuna que se ha desarrollado y lanzado al mercado (porque, el del medicamento, es un mercado competitivo como cualquier otro, pero incluso mucho más rentable y lucrativo) en un tiempo record.

Las empresas farmacéuticas más punteras han rivalizado, y, ahora, presumen de poder ofrecer, previo pago, un producto que supuestamente puede suponer la solución a la tragedia que está sufriendo la humanidad, en  forma de pandemia.

Es cuestión de confianza, una confianza que resulta esencial en el contexto de las relaciones humanas, y, en ese sentido, hay quien tiene derecho a creerse lo que de forma machacona repiten, a toda hora, los medios de comunicación, lo que aconsejan expertos y políticos ( de todos los partidos) y la propia OMS; todos ellos organismos, personas y entes de indudable fiabilidad, aunque, a veces, a alguno le venza el subconsciente, y  diga públicamente que aquellos por los que debe velar, sus súbditos de Extremadura, en este caso, mejor que esperen a vacunarse a ver el resultado y las consecuencias de los que han tenido la valentía de vacunarse los primeros, la mayoría ancianos y profesionales en situación de riesgo.

Mucha gente, legítimamente y de forma comprensible, se aferra a la vacuna como única esperanza de salir a corto o medio plazo de esta terrible crisis sanitaria, que no sólo pone en peligro nuestra vida, salud y al sistema sanitario, sino que amenaza también nuestra supervivencia económica

Y ojo, que hablo de supervivencia pues de hambre y miseria hay más peligro de morir que por el ataque de un virus con una baja tasa de mortalidad. Gran parte de la sociedad ha entrado en un estado de shock neurótico, provocado por el miedo, un temor que conduce a perder toda capacidad de crítica racional ante lo que se representa, al menos en apariencia, como única solución, y se empieza a ver como sujetos raros y asociales a quienes reaccionan ante esa panacea planteando dudas y expresando públicamente su recelo y desconfianza, eso sí, pensando precisamente también en su salud y en la de los demás, empezando por la de los que más les importa. Gran parte de la población se aferra a la vacuna confiando en los que, en medio de un naufragio, les dicen que sólo cabe la salvación subiéndose a una balsa que les garantizan que es segura y eficaz, aunque nunca haya sido probada.

Esta sociedad se cree tan enferma como el paciente que padece de ELA, dispuesto a someterse a cualquier tratamiento experimental. Porque, lo cierto es que estamos poniendo en práctica un experimento de dimensiones descomunales, que esperemos y todos deseamos que tenga resultados positivos.

  Se ha de reconocer, sin duda, el derecho a vacunarse, y quien así lo decida, a exigir ser vacunado, aunque también debería existir el derecho a exigir una información seria y fidedigna de los potenciales riesgos nocivos de las nuevas vacunas, o a saber que se ignoran, pues todo medicamento debe ir acompañado de un prospecto que los anuncia, y es ahí donde cada enfermo o potencial enfermo decide, bajo su responsabilidad, calibrar si se lo administra.

Ahora bien, también se debe reconocer el derecho a no vacunarse, porque lo cierto es que actualmente, la normativa española continúa priorizando el derecho del individuo sobre su propio cuerpo por encima del supuesto interés colectivo, y digo supuesto, porque entiendo que ese conflicto de derechos e intereses no podría plantearse hasta que la vacuna tenga un grado de fiabilidad que, ahora, digan lo que digan, no existe.

Así pues, ningún trabajador podría ser despedido ni nadie podría ser estigmatizado o discriminado por decidir no vacunarse, pues todos los derechos, salvo el derecho a la vida (lo que no se respeta en los casos del aborto libre y de la eutanasia) que es la base del ejercicio de restantes derechos fundamentales, puede ejercerse de forma activa pero también negativa mediante la libre opción de no ejercerlos.

 Pero, es más, si tan seguros estamos de la eficacia de las vacunas que ahora están probando en los ancianos de las residencias, no se entiende el riesgo que podrían plantear para ese colectivo ya vacunado, aquellos llamados negacioncitas e incrédulos, que, pensando, se insiste en su salud y en las de todo el colectivo, deciden no hacerlo, porque, sencillamente, no se fían.

Porque a los vacunados ya no les podrían contagiar ni ellos podrían ser contagiados por los ya vacunados. Vale que alguno de esos rebeldes pueda acabar en la UCI, al poder ser contagiados entre ellos mismos, mas ya no habría colapso sanitario, pues la mayoría de los más indefensos y expuestos al virus ya estarían vacunados, y cuando también es cierto que se puede acabar allí por un infarto, accidente, cáncer u otra enfermedad infecciosa.

Algo falla en el argumentario oficial y políticamente correcto, desde el momento que se anuncia, que pese al remedio “infalible” de las nuevas vacunas- antídoto, todos deberemos sine die, per secula seculorum, seguir embozados por mascarillas y adoptando las mismas medidas de seguridad, distanciamiento e higiene, porque el maldito virus seguiría entre nosotros.

Que me lo expliquen, porque yo ni me creo ni entiendo nada, aunque quizás mi problema es que pienso demasiado y, hoy en día, lo que hay que hacer es, existir sin pensar, dejando que las élites que organicen la nueva normalidad, piensen y decidan por todos.

Francisco Serrano ( El Correo de España )