Un breve repaso por la historia reciente de España pone de manifiesto la incapacidad de los partidos políticos para poder llevar a cabo un proyecto común nacional y no solamente esto sino las rivalidades internas de sus dirigentes, que pueden acabar haciendo saltar por los aires su propia organización interna.

Todo esto lo pudimos ver un día con UCD, el partido que renegó del espíritu del 18 de julio,  para acabar como todos sabemos desapareciendo  dejando un triste final. Las intrigas internas las pudimos ver también en el PSOE, el partido de las checas, envuelto en una densa nebulosa de sospechas, incluidas las del terrorismo de estado, en el que se vio envuelto.

Andando el tiempo se desencadenaría una sangrienta batalla por el poder, que acabó como el rosario de la aurora, siendo Pedro Sánchez el Secretario General de este partido, cuyos correligionarios  decidieron repudiarle,  echándole  a patadas, hasta el punto de verse obligado a renunciar entre lágrimas al acta de diputado; todo esto  para que a los  pocos meses después, este mismo partido le abriera las puertas y aquí le tenemos hoy de presidente de la nación española.

En el momento presente estamos asistiendo, con inmensa consternación y vergüenza, a la confrontación barriobajera entre los dirigentes del PP, que está produciendo estupor y asombro a propios y extraños. En el fondo, el motivo de esta reyerta política  vuelve a tener su origen en las aspiraciones egolátricas, que están poniendo en riesgo la propia subsistencia del partido.

Por mucho que duela reconocerlo, todo responde a intereses inconfesables. Uno escarba y escarba y en la mayoría de los casos  se encuentra con trepas que utilizan la política para saciar sus ansias incomensurables de medrar. A juzgar por lo que estamos viendo estos días, no son las cuestiones trascendentales, ni los graves problemas nacionales, lo que les inquieta, sino  ahora mismo lo que les preocupa es salvar  los muebles y salir airosos de la situación.

Semejante estado de indignidad comienza a ser difícil de soportar para los sufridos electores, que en algún momento se  tendrán que ver obligados a plantearse la cuestión y decir: “hasta aquí hemos llegado”, porque a nada conduce seguir prestando apoyo a quien no se lo merece.

¿Qué más bufonadas y canalladas tiene que suceder para que comencemos a desconfiar de unos partidos políticos, que más que otra cosa parecen mafias? ¿Cómo podemos seguir en manos de quienes van a lo suyo hipotecando el presente y  el futuro de nuestra patria?

Después de haber sido testigos de un historial  tan turbio, tanto en el PSOE como en el PP, uno no puede llegar a entender que sobre uno y otro partido pivoten los destinos de esta gran nación que es España, cuando lo lógico y lo normal hubiera sido que ambos hubieran desaparecido hace  tiempo y no solamente ellos, sino el mismo sistema partitocrático que les está dando cobertura.

¿Esta es la refundación del partido de nos había prometido Pablo Casado, dispuesto a cambiar de sede? ¿Son las disparatadas aventuras de Pedro Sánchez las pruebas contrastadas de un PSOE renovado?

Años atrás, en los tiempos de la España decente y próspera, nadie podía haber imaginado que en nuestra nación se pudiera llegar a una situación tan deplorable, incluso ahora mismo cuesta trabajo dar crédito a lo que nuestros propios ojos están viendo y lo único que cabe decir es que el pueblo español no se merecía esto. El espectáculo  denigrante que nos está ofreciendo el PP es de todo punto inaceptable.

Lo fácil sería recurrir a un fatalismo ciego y decir que cosas así pasan porque tienen que pasar, pero no es esto, no se trata de una catástrofe que viene de fuera, la realidad es que no hay efecto sin cusa que lo origine. Con toda seguridad nos hemos equivocado y algo no estamos haciendo bien. ¿No será que estamos desnortados y sin brújula? Me explicaré.

Hay un principio lógico-metafísico según el cual nadie puede dar lo que no tiene, que traducido al “román paladino” quiere decir que “no se pueden pedir peras al olmo”. No revelo ningún secreto, porque sabido es de todos que nuestra casta política no es precisamente modélica.

A este nuestro mundo de la política se llega generalmente sin preparación alguna, porque a los candidatos se les exige bien poco, dándose la circunstancia de que al candidato destinado a pilotar la nación se le pide menos garantías que al que vaya a pilotar un avión.

En el mejor de los casos a los políticos se les exige que tengan capacidad de juntar palabras, es decir que tengan labia y una cierta capacidad de persuasión, o sea, basta con dominar el arte de la sofística, que permite influir en los demás y convencerles en provecho propio.

Al fin y al cabo el buen candidato y el que interesa a los partidos, es aquel que pueda arrastrar votos hacia el partido, pero en manera alguna se le pide que tenga un currículo brillante, ni que haya demostrado fehacientemente ser una persona honrada a prueba de bomba, ni tampoco que haya demostrado una capacidad  y profesionalidad contrastada, para gestionar los asuntos públicos.

Esto me parece a mí que es “el quid de la cuestión”. Naturalmente cuando una persona lleva durante varios años demostrando su valía, su abnegación a favor de los demás y su amor a la patria, genera una confianza fundada  capaz de evitar riesgos, ofreciendo seguridad y garantía.  Apostar por este tipo de candidatos es ya apostar por el caballo ganador.

En puestos de suprema responsabilidad para la nación,  en que está en juego  el bien general de los ciudadanos, deberían ser los más capacitados quienes debieran  estar en las tareas de gobierno, es decir los mejores, tal como hace tiempo lo dejó escrito Platón. Esta fue precisamente la clave de la prosperidad de España en tiempos de Franco.

Entonces no se corrían los riesgos que se corren ahora, pues se  tenía la certeza moral de poder confiar en las distintas administraciones, porque quienes las regentaban eran sujetos capaces de responder a las expectativas en ellos depositadas, ya que estaban preparados para cumplir aquellas funciones que se les encomendaban

Baste recordar cómo el caudillaje de Francisco Franco, indiscutido e indiscutible, vino precedido por una hoja de servicios brillantísima de una persona adornada de unas dotes  de mando excepcionales, que cuando tuvo que enfrentarse a los riesgos que ponían en peligro su vida  los asumió con la entereza de un héroe por defender a su patria,  a la que siempre supo serle fiel  y algo parecido cabe decir de los hombres que le acompañaron en la tarea de servir a España, hombres como Serrano Suñer, Artajo, Castiella, Girón de Velasco, Solís, José María Pemán, Carrero Blanco,  López Bravo, López Rodó  y un largo etcétera,  que conformaban un elenco  de hombres ilustres, que contribuyeron a engrandecer a España  y colocarla en puestos de privilegio a nivel mundial.

Un cuadro de gobernantes que nada tienen que ver con los “petimetres” que desde hace un tiempo vienen calentando los asientos del Parlamento  de  la Carrera de S. Jerónimo . Lo que ahora viene sucediendo en España es bien distinto, donde lo que cuenta  es el parecer y no el ser,  el prometer  y no cumplir.

No es ya solo que nuestros representantes políticos  sean mediocres y de dudosa reputación, es que también los electores carecen,  culturalmente hablando, de una madurez política. Ello se deduce de las propias expresiones que se oyen  por ahí: “Yo siempre votaré a los míos, lo hagan bien o lo hagan mal”. ¿Cuál es el motivo por el que los electores  se sienten identificados con la partitocracia?

La pregunta no es fácil de contestar porque habría que recurrir al subconsciente psicológico. Yo no voy a decir que estemos ante un caso de masoquismo, pero sí parece cierto que nos coloca ante una situación  nada fácil de explicar e incluso de justificar.

Todo parece indicar que nos estamos  comportando de forma bastante visceral y muy poco crítica, dejándonos llevar más por el corazón que por la inteligencia y esto es lo que hace que seamos infinitamente indulgentes con los nuestros y estemos dispuestos a perdonárselo todo y a olvidar siempre.

Sin duda, por parte del electorado está haciendo falta más conciencia crítica y  ponerse a salvo de intimidaciones y de miedos. Se  nos ha repetido tantas veces que hay que elegir entre los partidos o el caos, que la gente ha llegado a tomárselo al pie de la letra y no se atreve a romper el cerco  en que les tiene aprisionados la partitocracia.

Los ciudadanos han llegado a pensar que la administración pública solo es factible a través de los partidos, aunque sean corruptos y mafiosos. Por otra parte está el clientelismo político, por desgracia bastante habitual. El voto cautivo es una realidad que hace perder cualquier tipo de esperanza en los cambios, por lo menos a corto plazo.

Debiéramos haber aprendido de las experiencias pasadas,  que ahí están para aleccionarnos y abrirnos los ojos, pero mucho me temo que, con el paso del tiempo y el maquillaje oportuno, será suficiente para que nos olvidemos de estos tristes acontecimientos y volvamos a las andadas.

Ángeel Gutiérrez Sanz ( El Correo de España )