EL DÍA DESPUÉS

En este momento no sabemos cuándo llegará al calendario de nuestras vidas “el día después”, una expresión que siempre ha sonado a apocalíptica aunque yo pretendo otorgarle en este texto el sentido inverso, porque quiero imaginarme ese momento en el que podamos salir de nuestras casas con naturalidad, abrazar a nuestros amigos con ganas,  besar a nuestros hijos y nietos con hambre de piel atrasada y  recuperar  un momento  para cometer   sin miedo algún exceso que merezca la pena.

Como imaginar es gratis, aunque también hay que estar entrenado para ser capaz de pensar cosas agradables, no dejo de visualizar ese momento como una especie  de reconversión personal hacia una sociedad mejor porque, en vez de debilitados, salgamos fortalecidos de esta crisis que nos obliga a ser más solidarios y mejores personas.

A pesar de que salgan mucho en la televisión, estos días han perdido protagonismo los que cobran por dirigir el país y lo está ganado por goleada la gente anónima y generosa de nuestra sociedad, que de forma espontánea regala su tiempo, su solidaridad, su esfuerzo, su dinero, su sacrificio y pone en riesgo su salud , por lo demás.

No están de moda estos días los amantes del mal fario y los amargados profesionales  que necesitan  carnaza para poder chapotear en su propio ambiente ético y mental.  Hoy ganan la batalla del amor al prójimo los que aplauden a los profesionales de la salud cada noche a las 8, los vecinos que saben quién les necesita y acuden a ayudarles, los empresarios en crisis que regalan su tiempo y los materiales de los que disponen para que se hagan más mascarillas, los trabajadores en paro que  ayudan a sus vecinos, en definitiva mucha gente buena que da un paso al frente cuando las cosas se ponen crudas.

En estos tiempos de crisis de salud  está surgiendo una explosión de generosidad solidaria sin fronteras, y eso me lleva a pensar en el día después  y en la confianza de que esa ola de buen rollo que se está expandiendo por toda España subsista cuando regresemos a la normalidad sanitaria.

Si como sociedad aprendemos a derrotar a un virus letal  que nos ha encerrado en nuestras casas, el paso siguiente, por muy utópico que nos parezca, debería ser que le ganásemos la batalla a la intolerancia y el sectarismo, aunque contra esa enfermedad mental  no exista vacuna.

Soñar es gratis, y mientras dure esta pandemia contra la que luchan los mejores, imaginemos que nuestra sociedad está teniendo una oportunidad para reconocerse en sus mejores sentimientos.

Diego Armario