EL DÍA QUE BARCELONA DECIDIÓ SALVARA CATALUÑA

Ayer fue el día en que Barcelona decidió salvar a Cataluña. La Cataluña urbana, aseada, culta. La Barcelona sonriente, de buena voluntad, la Barcelona libre, consciente, uno a uno cada asistente y no en rebaño. La Barcelona, a la que tantas veces se ha hecho sentir menos catalana y a la que el nacionalismo ha temido siempre.

Ayer Barcelona salió al rescate de su Cataluña, que había quedado atrapada en la tiniebla ruralizante del victimismo y la violencia.

Más que una manifestación fue un acto de conciencia, más que la cifra total, clamorosamente rebajada por un autoridad contra las que cabría querellarse por prevaricar en la mentira con claras finalidades políticas, lo significativo es que no fue una demostración machaconamente convocada por grandes -y subvencionados- altavoces mediáticos, sino la suma de muchas voluntades que sin ningún otro afán que el de recuperar la convivencia en su ciudad, la alegría y la paz, salieron con su sonrisa, su familia y su ciudadanía ejemplar a dejar constancia de su mayoría, su superioridad cívica y, por fin, de su inequívoco compromiso con Barcelona y con Cataluña, que es lo mismo que decir que con sus vidas, y con su libertad. Fue un acto de valentía, sí, pero sobre todo un acto de recuperación moral.

Ayer se vio claro, en las calles de mi ciudad, que si hemos llegado hasta aquí no sólo ha sido por la eficaz propaganda independentista, ni por su indiscutible capacidad organizativa, ni por su intimidación y su violencia cuando vieron que perdían, sino también por una imperdonable dejación de la otra parte: unas veces por comodidad, otras por incomodidad y otras directamente -y yo os comprendo- por miedo.

Si la Barcelona que ayer salió a la calle, en número y tipología, hubiera salido mucho antes, seguramente no habrían pasado la mayor parte de las cosas que han pasado. Somos lo que defendemos: y esto que la Barcelona culta aprendió ayer, el independentismo lo tuvo claro desde el principio, hasta que por falta de paciencia, y de inteligencia, ha caído en la violencia y se ha quedado sin relato.

Nadie pisoteó los parterres de la Diagonal. Fue una manifestación urbana, educada, de personas que se notaba que habían ido a colegios de pago. Fue una manifestación distinguida. Ni un solo chándal, muy pocas camisetas, señoras vestidas como para ir luego a almorzar a Hispania.

Todas las edades, y muchos hablaban en catalán. Fue una manifestación de la «polis» como centro de poder, de la ciudad que es donde se deciden y ocurren las cosas importantes. Las sonrisas y del «ni un solo papel en el suelo» también ha cambiado de bando.

La «senyera» más grande que se había visto en mucho tiempo es la que yacía en el paseo de Gracia con la Diagonal, y que presidió luego la marcha, junto a otra gran bandera de España. Lo que un día fueron los elementos propagandísticos de la causa independentista, de un modo más natural que premeditado, se convirtieron ayer en las características de la concentración cívica.

Y digo «cívica» y no «constitucionalista», «unionista» o «españolista», porque no suscribió tanto una opinión política como un deber ciudadano, una idea de Civilización frente a la barbarie, el límite insoslayable contra la brutalidad.

El cántico de «in-inde-independècia» fue sustituido por el «in-inte- inteligencia», y contra la intimidación de la turba cuando se junta, cientos de miles de personas conscientes y libres -y no sólo 80.000, como mintió la Guardia Urbana- defendieron su espacio de ciudadanos normales, pacíficos, individuales, que han visto arder su barrio y su ciudad y cómo su Policía ha sido linchada con la complicidad cuando no el apoyo explícito del presidente de la Generalitat.

Ayer fue el día en que la mejor Barcelona decidió salvar a Cataluña, el día en que la urbanidad se impuso como una higiene a la sinrazón selvática; el primer día en que sin ayuda de ningún gobierno convocante, ni ninguna subvención, ni aviones ni trenes fletados, ni autocares, la Cataluña mayoritaria se volvió valiente y se echó a la calle. Muchos exconvergentes -e incluso convergentes- asustados por lo que habían visto días atrás, salieron de sus casas a decir, sin ningún resentimiento ni ningún odio, que tienen muchas ganas de volver a vivir tranquilos.

 La Barcelona luminosa de los Juegos Olímpicos, la que Pujol nunca quiso por considerar que «diluiría la identidad catalana», salió al rescate de la Cataluña enredada en sus más sórdidas -y ridículas- tinieblas ensimismadas. Esto es importante consignarlo: ni un sólo grito de desprecio, ningún cántico ofensivo, o al menos no de forma mayoritaria. Por supuesto, ningún incendio. Ni siquiera fue una manifestación contra el independentismo: fue una declaración de principios, vecinal y ordenada, sobre cómo convive una sociedad liberal y democrática, entre distintos y discrepantes, en pleno siglo XXI.

Y aunque la cifra fue muy importante, importó más la dignidad. Y aunque hubo mucho más de 80.000 catalanes, hubo muchos menos de los que son, porque esto de la calle nunca será, afortunadamente, lo nuestro, y porque los domingos a mediodía la derecha va a Misa, y luego a comprar el tortel para ir a almorzar a casa de los abuelos. En casa a las manifestaciones (¿qué son las manifestaciones?) ha ido a lo sumo la servidumbre -y cuando se le ha dado permiso.

Salvador Sostres ( ABC )