EL » DOCTOR FAUSTO » EN LA MONCLOA

Con gran sentido de la actualidad y del momento político, el Teatro Real abrió temporada este miércoles con el estreno de la ópera Faust de Charles Gounod, una variante de la conocida obra de Goethe sobre el hombre que vende su alma al demonio bajo la dirección artística de Alex Ollé, de La Fura dels Baus. En consonancia con el tormentoso presente, el éxito se vio deslucido por la bronca que desataron algunos integrantes de la compañía catalana al aprovechar que fueron invitados a saludar desde el escenario para colocarse lazos amarillos separatistas.

Al reparar el público en el oprobioso detalle, las merecidas ovaciones al elenco operístico, desde el coro a la soprano y al tenor, pasando por la orquesta, devinieron en sonoras protestas y hubo que echar el telón a toda prisa. Bajado el mismo, los espectadores se giraron hacia el Palco Real y vitorearon al Rey de España en señal de desagravio por tamaña provocación.

En la complicada tesitura de Pedro Sánchez, la forma plagiaria de su tesis doctoral hace temer que todo en él sea puro plagio. Es verdad que esto no es Alemania, para su suerte -contrariamente a lo que le achacó a Rajoy por no ajustarse a aquellos estándares democráticos y de exigencia ética-, donde dos ministros de Merkel dimitieron por fraudes mucho menores en sus tesis doctorales comparados con el clamoroso fraude de Sánchez, si es que contiene alguna frase original, cuando le pasen la máquina de la verdad por encima como una plancha.

Visto lo visto, al «doctor Sánchez, ¡supongo?» puede acontecerle lo que al labriego al que el diablo le ofrece tierra a cambio de su alma. «¿Cuanta?», inquiere a quien le contesta que todo lo que abarque recorriéndola a pie. El aldeano comienza a andar sin querer cerrar el círculo y regresar al punto de partida, aunque se va quedando exangüe. Aún así, no se anima a descansar ante la perspectiva de acopiar cada vez más tierras prometidas y prometedoras. Agotado, cae fulminado. Entonces se presenta el diablo con una pala de sepulturero, y le indica: «Creo que no necesitabas más que un parcela de sólo un metro de ancho y dos de largo».

Francisco Rosell