Cuenta Andrés Trapiello que una vieja dama mejicana le dijo a un amigo: Usted y yo tenemos el don del insulto”, y esa expresión me ha reconciliado con la virtud de las cosas bien hechas porque hasta para retar o desmerecer a otra persona hay que tener estilo, cultura e imaginación.

Basta con poner el oído para comprobar lo mal que se insulta en España y ese déficit se nota cuando alguien que quiere molestar a otro no se esmera en  utilizar bien el castellano y cree que es suficiente con dirigirle a la persona odiada un improperio , dos tacos y tres blasfemias como hacen los guionistas de las series de policías para que los actores parezcan más duros.

Los buenos novelistas saben cuándo deben poner en boca de uno de sus personajes una expresión soez que defina su nivel, y si quieren que el protagonista de su historia sea el contrapunto de la vulgaridad, hacen que insulte con ingenio e inteligencia, que no es fácil, porque para alcanzar ese nivel es preciso haber escrito o leído algo más que un tuit o un panfleto.

Elaborar un buen insulto es un arte que exige una reflexión previa que personalice la frase elegida y la convierta en única e intransferible, como recuerda Trapiello al citar dos perlas de Jiménez los Santos cuando  al referirse a Mariano Rajoy le llama “Maricomplejines” o  “doctor cum fraude” cuando habla de Pedro Sánchez.

No hay muchos especialistas en insultar con arte porque es más frecuente que la gente repentiza ocurrencias en vez de estudiar a fondo la personalidad y los defectos más conocidos del elegido para convertirlo en un ninot o un caganer. Para insultar con sabiduría y estilo no vale cualquiera, y menos aún en estos tiempos en los que el truco de la corrección política ha estimulado más a los bocazas que a los genios.

Si el duelo a primera sangre o a muerte estuviese extraoficialmente tolerado en España ,disminuirían los gudaris de pacotilla que se escudan detrás de las redes sociales, incluido no pocos políticos, cuya única actividad conocida es el insulto zafio, gratis y protegido. En cambio, si resurgiera la época dorada de los escritores satíricos también habría conflictos entre los autores y los aludidos, pero al menos disfrutaríamos de la inteligencia creativa de los provocadores.

Cuando el romanticismo fue un estilo político y literario en España, había que tener cultura y arrestos para dar la réplica a quien había puesto en duda la palabra y el honor de quien podía retarle. Pero en esos tiempos cualquier indigente intelectual o cargo público puede llamar “chorizo, maricón o tonto polla” a quien les plazca sin que tenga que pagar el impuesto de «indigente intelectual y sin gracia», que propongo que se cree antes de que Sánchez se convierta en ex.

Diego Armario