EL EFECTO RUFIÁN

Hay que ver qué bien digiere Pedro Sánchez los discursos del nuevo Rufián. Es escuchar las cantinelas del lazo amarillo en el Hemiciclo y al candidato socialista se le pasa la acidez parlamentaria que, sin embargo, le generan Casado, Rivera y Abascal. La actitud del aspirante es reveladora de adónde quiere ir, y con quién, en el futuro. Pero también hay un componente psicológico que viene de lejos.

El nuevo Rufián es para Sánchez un Omeprazol contra las malas digestiones, sobre todo ahora que habla bajito y no luce impresoras. Igual que no es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, tampoco lo es hablar lento que hablar tranquilo. Antes hablaba lento, pero enfadado, y ahora habla lento, pero tranquilo.

Debe ser por eso que ayer Sánchez le dio las gracias a pesar de que acababa de utilizar la tribuna del hemiciclo para pisotear el país que el candidato aspira a seguir presidiendo. Todo dicho muy tranquilo y con buen «tono», porque aunque la vehemencia también es virtud democrática, al candidato a presidente le gusta más el susurro que el grito.

Así es más sencillo para Sánchez interpretar en positivo las barrabasadas que antes decía con el gesto indignado. Si el portavoz de ERC ataca a la Constitución, no pasa nada, siempre y cuando lo diga tranquilo.

Juan Fernández-Miranda
viñeta de Linda Galmor