EL ELEFANTE DE SÁNCHEZ

Ni rastro del independentismo: el Gobierno lo quiere borrar de la campaña. El voto a favor de la moción de censura, el relator, las reuniones con Torra, las regalías presupuestarias: todo eso lo está sacando el sanchismo del debate con su formidable aparato de propaganda. Y en su lugar introduce la supuesta amenaza de una derecha arriscada que presenta como el gran peligro de la democracia.

La gran hegemonía moral que se autoatribuye la izquierda le concede esa ventaja de decidir lo que es bueno o malo para España. En el relato dominante, los votos de Vox contaminan más que los de los filoetarras, los de unos separatistas que se rebelan contra la Constitución y los de unos radicales que se proponen liquidarla. Así está planteada la partida a la que el presidente acude con un as bajo su manga: el voto útil concentrado en «Su Persona» frente a la diáspora de una oposición fragmentada.

Estas elecciones las va a ganar el bando que consiga imponer un marco mental mejor elaborado. Sánchez se ofrece como el dique contra una suerte de bloque retardatario que quiere devolver al país a la sombría atmósfera social y moral de los tiempos de Franco, aunque para dar realce a su relato haya sido él mismo el que se proponga desenterrarlo.

Con su fantástico desparpajo, es capaz de presentarse como favorito del Rey en su libro autohagiográfico al tiempo que se reclama heredero del legado republicano. Sus asesores han desempolvado de algún cajón el manual con que Zapatero logró su segundo mandato: el del líder sonriente, moderno y abierto al diálogo, el del adalid progresista dispuesto a impedir un retorno al pasado que encarna el conservadurismo hosco, atrabiliario, cavernícola y antipático.

Ese discurso amable, risueño y complaciente cuenta con el respaldo de una derrama de recursos del Estado. Dinero público a caño libre para diseñar un producto de consumo electoral bien empaquetado, un estereotipo de liderazgo idealista, humano y solidario. Sánchez el benefactor, Sánchez el feminista, Sánchez el reformador, Sánchez el magnánimo.

Contra ese despliegue de emocionalidad positiva, por impostada que sea, la derecha dispone de una sola herramienta, y es convertir a Cataluña en el eje de su dialéctica. Lastrada de antemano por su división en tres tribus dispersas, perderá si no consigue al menos unificar una estrategia. Su electorado aún tiene pendiente, desde 2017, la catarsis de la revuelta, y el pensamiento liberal-conservador sólo cohesiona históricamente sus fuerzas en torno a la noción de España como problema.

Frente al potente tirón del poder, con su ventajismo y su inercia, necesita aglutinarse en torno a una idea. Sus posibilidades decrecerán cuanto más alejado se mantenga de la opinión pública el desafío de la independencia. Que seguirá ahí, como el dinosaurio de Monterrosso, como el elefante de Lakoff, para que lo gestione el que venza.

Ignacio Camacho ( ABC )

viñeta de Linda Galmor