EL ENFADO DE AITOR

A falta de la liza de esta noche entre los grandes gladiadores, el debate televisivo de los portavoces parlamentarios tuvo más miga de la prevista. Nos mostró a una Adriana Lastra huera, incapaz de concretar siquiera cuántas naciones hay en la «nación de naciones», ese círculo cuadrado que el nacionalista Iceta le ha endosado a Sánchez.

Asistimos a los límites de Cayetana, que estuvo cayetanísima (léase peleona), pero se quedó muda a la hora de replicar al dato cierto que esgrimió Espinosa sobre que durante la etapa de Rajoy se disparó la deuda pública y se laminó la hucha de las pensiones (lo cuál fue inevitable, porque el país estaba en quiebra y hubo que endeudarse, pero la representante del PP no supo o no quiso explicarlo).

Rufián siempre evoca a un makoki de suburbio salido de alguna tonada barcelonesa de Loquillo, y se pavoneó como tal, aunque esta vez haciendo pucheritos zen de apelación a un diálogo que es solo un «trágala». Arrimadas, segura y en su línea, paga el peaje del desgaste de Ciudadanos, porque el mantra de que el naranjismo supone una esperanza prístina frente al rancio bipartidismo empieza a resultar un recurso manido.

Aitor Esteban, el hombre del PNV, se mostró profesoral e intentando aportar un tono sereno en medio de un correcalles (hasta que finalmente él mismo perdió la calma, como veremos). Espinosa de los Monteros defendió con eficacia y sin aspavientos su credo simple -en Vox todo se arregla con medidas drásticas sin matices y cepillándose las autonomías- y tal vez ganó el debate.

Aitor Esteban Bravo, de 57 años, de madre soriana y padre vizcaíno, es un hombre bien formado, que imparte clases de Derecho en la excelente Universidad de Deusto. Milita desde la noche de los tiempos en el PNV, donde ha sido un poco de todo. Su tono es sosegado y su porte, de ejecutivo clásico de traje azul y corbata oscura. ¿Su discurso?

El habitual de su partido: autoelogios sobre lo bien que gestionan su tierra (lo cual es cierto, aunque jamás reconocen la enorme ventaja del cupo); y un nacionalismo más moderado que el catalán, sin ensoñaciones de ruptura unilateral, pero con un énfasis constante a una supuesta diferencia que les impide sentirse «cómodos en España», a la que siempre aluden con soniquete despectivo.

Hacia el final del debate, Aitor tachó a Vox de «franquista» y «fascista», epítetos muy gruesos. En realidad falaces, pues Vox no es ninguna de las dos cosas, sino un partido de derecha dura y dialéctica populista, pero que respeta la democracia. Como réplica, Espinosa le recordó las tendencias racistas, machistas y xenófobas de Sabino Arana, el fundador del PNV, intentando leerle algunas citas que así lo acreditan.

Esteban, que había insultado al otro sin despeinarse, dando por sentado que el nacionalismo tiene bula para faltar a los demás, se quedó helado cuando Espinosa le dio réplica esgrimiendo los grandes éxitos de Sabino.

Acabado el debate, el de Vox se acercó a darle la mano en un gesto elemental de cortesía y Esteban se la rechazó iracundo. Habría mucho que debatir sobre quiénes son los intolerantes…

Luis Ventoso ( ABC )