El clima previo de crispación que ya estaba instalado en la política española desde que el PSOE decidió formar gobierno de la mano de populistas e independentistas preludiaba una campaña electoral dura en la Comunidad de Madrid. Sin embargo, los hechos que están sucediendo y el cruce continuo de descalificaciones rebasan todas las expectativas.

La radicalización, que solo beneficia a los extremos, está quebrando una contienda marcada por la estrategia de tensión de la izquierda a raíz de las amenazas denunciadas por varios cargos públicos. La ministra de Industria, Reyes Maroto, denunció ayer la recepción -pose incluida con la foto ante el Congreso- de un sobre con una navaja ensangrentada.

La violencia y la intimidación son incompatibles con la democracia, aunque la rápida identificación del autor de la amenaza -un individuo diagnosticado de esquizofrenia- permite excluir las hipótesis que apuntaban a motivaciones ideológicas.

En estos casos, lo responsable es eludir la tentación de obtener un rédito político. Es lo que hizo Rajoy antes de las generales de diciembre de 2015 después de sufrir una agresión en la calle. Y es justo lo que no están haciendo ni el PSOE ni otras fuerzas de la izquierda, dispuestas a explotar amenazas marginales en aras de un cálculo partidista desesperado.

En cuanto a los sobres con munición para el ministro del Interior, el secretario general de Podemos y la directora de la Guardia Civil, los datos disponibles apuntan a un fallo en los servicios de detección de Correos. También se sabe ya que los servicios de seguridad de Interior erraron: las balas para Marlaska llegaron hasta su secretaría en la sede del ministerio.

La obligación del Gobierno es investigar a fondo esta cadena de errores y depurar responsabilidades, de ahí que la personación de Vox tenga sentido. Pero es infame que la izquierda lo aproveche con fines electoralistas. Iglesias afirmó ayer que «el fascismo forma parte del programa de Ayuso». No sorprenden tales exabruptos en quien ha hecho del insulto un instrumento de agitación perenne.

Lo que resulta especialmente reprobable es que Gabilondo, a las órdenes de la mercadotecnia de Moncloa, se eche en brazos de la radicalidad y defienda los cordones sanitarios. Todos los sondeos, salvo el CIS de Tezanos, auguran una victoria clara de Ayuso.

El PSOE se está aferrando a una rendija miserable para alentar la movilización al precio de intensificar la polarización, quebrar la convivencia y degradar las instituciones. Máxime si quien contribuye a ello es la propia directora de la Guardia Civil o Marlaska, que en un mitin tachó al PP de «organización criminal». El ministro del Interior debió dimitir hace mucho: ha demostrado no saber estar a la altura que exige su cargo.

El 4-M no se elige entre democracia o fascismo, como torticeramente plantea la izquierda. Los madrileños merecen una campaña centrada en asuntos relevantes, como la pandemia, la crisis o los modelos fiscal y educativo.

Lo contrario no hará más que cebar la pugna entre extremos que se retroalimentan sembrando el discurso del odio.

El Mundo