EL ESPECTÁCULO DE MAUTHAUSEN

La política ocupa en algún sentido el papel de la religión y utiliza también predicadores en mítines y discursos parlamentarios. Tiene sus herejes que llaman tránsfugas. Se sufraga con el Estado y con los diezmos y primicias de los ciudadanos. No llega la política a la suntuosidad de la religión con sus basílicas de naves y columnas, su música sagrada o su canto gregoriano; se conforma con himnos patrióticos.

Como los curas, los políticos nos adoctrinan. Meten sus manos en el sistema educativo, y especialmente los políticos nacionalistas utilizan la inmersión lingüística como ingeniería social y cuentan la historia como su historia sagrada desde la geografía de fronteras imaginarias.

Miren lo que ha pasado: la ministra de Justicia, Dolores Delgado, abandonó un homenaje a los deportados republicanos en Mauthausen cuando la directora general de Memoria Democrática de la Generalitat citó a los presos políticos comparándolos con las víctimas del genocidio nazi. Desde Ciudadanos se ha criticado la performance «de estos analfabetos ególatras usando la mayor crueldad de la historia para llamar la atención sobre sus presos en el lugar del nacionalismo más etnicista para reivindicar su nacionalismo».

Ya descubrimos que algunos paladines de la moral en los discursos nacionalistas y de los otros partidos se convirtieron en delincuentes cuando estuvieron en el poder. Pero los de derechas y los de izquierdas, los del centro y los de la periferia siguen, sobre todo en época electoral, dándonos lecciones de ética sobre la historia, las exhumaciones, el feminismo, el cambio climático, las cunetas, el toreo, la sexualidad, el animalismo o los pañales de los bebés. Su presencia en los medios durante estos años de crisis ha sido agobiante.

Nos sabemos de memoria sus discursos; puritanismo progre o reaccionario. En España hubo un partido moderado, otro de exaltados, alguno de intransigentes; el de los puritanos siempre retorna para darnos lecciones morales.

Pagamos a los partidos para que hagan presidentes y formen gobiernos; y al Estado para que administre los impuestos que nos requisa, no para que nos prediquen y nos regañen. Como escribe Kenneth Minogue, el estado moralista es un ataque a la modernidad occidental.

La cúpula del Capitolio está construida inspirándose en la catedral de San Pedro de Roma. Pero la idea de concebir el partido como una especie de iglesia política es inconcebible en Norteamérica. Los dos grandes partidos, el demócrata y el republicano, parecen sociedades anónimas.

Los accionistas quieren ver ganancia. La ganancia de ensueño es la Casa Blanca. Los delegados de una convención de partido -escribe Henry Kissinger– tienen una vida apretada y breve como la de una mariposa. Si no ganan, vuelven a ser nada.

Raúl del Pozo ( El Mundo )