EL ESPECTÁCULO

Aquello de la “inmensa acumulación del espectáculo” (Guy Debord) es esto mismo de ahora. La representación es lo que cuenta. La teatralidad de las situaciones. La puesta en escena. Los brazos y las lenguas como aspas. La cháchara engañosa. Sucede en el Congreso. Y en la calle. En las redacciones. En los museos. En los toros. En las guerras. A todas horas se manufactura un pienso malo, basura urgente y excitante, que ocupa el día con toneladas de información que no sirven de nada y cumplen su misión: confundir al respetable con ideas que cada tarde se devuelven al corral hasta la mañana siguiente, cuando regresa el jaleo de titulares y apocalipsis al centro de las ciudades. La democracia, sobre todo las desaseadas, son un espectáculo en sí mismas, aunque cada vez más gente sabe y bosteza como un galgo.

La falta de política seria, legislativa, tiene su mal antídoto en un ocio digital de sálvames histéricos mientras por algunas partes de Europa hace tiempo que nos ponen a parir por esto mismo. Una de las mayores esperanzas de regeneración es abandonar el show para volver al trabajo. Y que se note. El galleo entre Rajoy y Rivera de la otra mañana sólo fue placebo parlamentario, mejunje de lata de a euro como la que le doy al gato. Tanta falta de peso intelectual parece un sabotaje, ayudado por variables sociológicas que obligan a habitar en el centro de la pista de un circo aunque no quieras, viviendo como un trapecista al que le tiemblan las manos. Condenados a una actualidad explosiva, el odio y el miedo son los nuevos fundamentos del sistema. No hay porqué asustarse ni sorprenderse. El tedio se aplaca algunas tardes sentado en una terraza con un par de amigos.

Luego está la prepotencia de la nimiedad con que la política juega a parecer cercana a través de las redes sociales, donde los servidores públicos sueltan susduduás de saldo igual que alumbra la Virgen, sin romperse ni mancharse. Es parte del espectáculo. De su condición absurda. De su espejismo democrático: no se hace mejor política hablando sin parar, pero parece más relajado que pensar. Agradezco mucho vivir en esta época, porque no conozco otra mejor. Y considero muy gracioso asistir al festival de la demagogia, que es ver cómo que algunos hacen sus necesidades encima de la democracia. Mientras los suyos aplauden.

Antonio Lucas ( El Mundo )