EL ESPEJO DE VAMPIRO

Paz Padilla y todo el equipo de Sálvame con caras de enterradores del oeste, de foto de indio, más ajenos que emocionados, más incómodos que afectados, como góticos en la playa, allí de pie, homenajeando al niño Gabriel o sólo sosteniendo el cartón del programa, tras el que se seguían viendo bragas y cuernos. A la muerte, como a un pequeño gorrión, acudían los pañuelos y las hormigas, y a Gabriel se lo iban llevando o comiendo hoja a hoja. También en Sálvame, toda esa tropa de hueleculos y tientabraguetas, esa palangana para ingles y cerebros a lonchas que hay en la televisión, tenían que tratarlo. O intentarlo.

Sólo les absuelve un poco la incapacidad de disimular su vergüenza al hacerlo: Paz Padilla se enredaba como con ese disfraz de gallina que lleva siempre puesto y sus colaboradores parecían obligados a montar en globo en camisón, mientras se preguntaban por el estado del cuerpo de Gabriel al encontrarlo y otros detalles de penny dreadful. Pero esto sólo es un ejemplo, claro. Hasta en los serios informativos cruzaron la frontera, que no está en el hecho morboso, sino en los sentimientos, ese rebuscar en los sentimientos como en las rebajas.

No critiquemos a la televisión, que nos ha dado lo que queríamos, guardias civiles llorando y lugareños de tea y monstruos de Poe y lágrimas de lacrimatorio. Ahí estaba Ana Rosa, macabra como una maquilladora de muñecas, como la peinadora de una novia muerta, como una encaladora de tumbas, como una envenenadora de flores, retransmitiendo entero el funeral de Gabriel con su pequeño ataúd lleno de nieve o margaritas, sus angelotes como caballitos de mar, su obispazo con la vajilla y la cofia de Dios, los padres llorando como padres (a ver qué va a hacer un padre). “Es desgarrador”, “es que ya no te quedan lágrimas”, decía la diosa de la mañana como una Atenea cadáver.

Ese funeral, y las damas y los reporteros y los cotillas de la televisión como tenistas jugando en un cementerio, horas y horas. España en su jugo, «en caliente» que dicen (ahora se habla de legislar o deslegislar en caliente, unos con niños muertos y otros con pensionistas desfibrilados). Así somos, aunque no queramos verlo. Somos la televisión, somos zapping. La televisión es nuestro espejo de vampiro. Mírense.

Luis Miguel Fuentes ( El Mundo )