Parto de la base de que jamás, nunca, fui contrario a la vacunación, de hecho, he sido vacunado, tanto de niño como a lo largo de mi vida, en varias ocasiones.

Incluso, lamenté que, en su día, no se hubiese descubierto una vacuna contra el VIH ya que fui testigo de los angustiosos días que pasaron, algunos policías que tuve el honor de mandar, a la espera de los resultados de los análisis para determinar si se habían contagiado o no, tras haberse clavado, accidentalmente, en un cacheo rutinario, la agua de una jeringuilla que llevaba oculta en sus bolsillos el cacheado; sin embargo, finalmente tal vacuna no salió al mercado y nosotros tuvimos que seguir asumiendo los riesgos derivados del ejercicio de nuestra función profesional.

Por lo tanto, no niego nada, ni me opongo frontalmente a nada en principio. Sin embargo, si quiero saber lo que me van a inocular en el cuerpo y las consecuencias a corto, medio y largo plazo que pueden derivarse de tal inoculación, así como quien asume la responsabilidad en el supuesto de que se derive algún problema que afecte a mí salud y a mí vida y creo que plantear tal petición en absoluto es una petición viciosa ni descabellada.

Por tanto, no consiento que ningún papanatas acobardado que se ha contagiado del peor de todos los virus: el miedo, me llame negacionista, ni conspiranoico, ni ninguna de esas memas descalificaciones tan en boga, siguiendo las fieles y perversas instrucciones y consignas de los que mandan.

Llevamos más de un año introducidos en esta espiral de ruina y muerte y, todavía a día de hoy, seguimos sin saber si este virus chino -me da igual que alguno se obstine en que no se le denomine así ya que fue en la China comunista donde primero se manifestó- tiene origen animal o simplemente está creado en un laboratorio con fines militares, la hipótesis más probable; si su propagación fue involuntaria y accidental o, por el contrario, fue intencionada. Muchos aspectos que desconocemos, al menos la mayoría de los mortales, y quien lo sabe se cuida mucho de callárselo.

De repente, con toda la población sometida a draconianos controles y con la mayor parte de nuestros derechos mutilados, una serie de empresas farmacéuticas, la mayoría en manos del globalismo internacional –Bill Gates, Soros y otros siniestros personajes de la misma calaña-, se pusieron a trabajar y, por el método de urgencia sanitaria, comenzaron a producir y poner en el mercado una serie de vacunas sin testar lo suficiente, de cuyos efectos secundarios nadie se responsabiliza, y con ellas comenzó lo que llaman vacunación masiva a modo de gran experimento con la humanidad.

Deberíamos recordar lo que nos dijeron en un principio. Empezando por la oscilante eficacia de estos fármacos -60 a 95%-, hasta que determinadas vacunas no podían ser administradas a personas de más de 60 años, pese a que, luego, las mismas vacunas, comenzaron a servir para los de más de 70 y ahora para cualquiera edad. Incluso, fiándose por los datos de un estudio, escasamente contrastado, se puede administrar a una misma persona dosis de vacunas distintas y caso de que alguien exija que la segunda dosis sea igual a la primera, deberá firmar tal petición. ¿Qué motivo se oculta tras todo esto? Realmente, parece que algo extraño rodea a este asunto.

Recordemos cuando vimos a altos dignatarios de determinados países hacer el paripé de ser vacunados cuando, en realidad, en la toma se observaba, perfectamente, que la aguja seguía dentro de su funda protectora.

Tampoco deberíamos olvidar el día en que, en determinados países europeos, el gobierno, tras comenzar a vacunar a su población, ordenó, de forma tajante, que se detuviese la administración del fármaco, aduciendo el haberse registrado efectos perniciosos en algunos de los vacunados, causando incluso su fallecimiento.

Pasados unos días, el gobierno en cuestión, apoyado por los medios de comunicación oficialistas, siempre bien financiados por el poder, salió a la palestra a decir, igual que en su día dijo aquel ínclito personaje del jersey, que tan solo se habían registrado siete u ocho fallecimientos tras la inoculación de la vacuna y, por tanto, el mensaje resultante era que había más posibilidades de que te tocase la primitiva, de que murieses consecuencia de la vacuna. Todo un consuelo sobre todo paro los que no solemos apostar a los juegos de azar.

¿Alguien realmente se puede creer que por una casuística tan baja se pueda detener una operación de semejantes características? Si se me permite el símil, es como si alguien pretendiese que, en una cadena de fabricación masiva de cualquier artefacto, porque siete u ocho de ellos salgan defectuosos tendría que detenerse toda la producción.

Absurdo ¿no?, ¿no será que, de forma intencionada, se ocultan los datos reales de estos fallecimientos? No deberíamos olvidar lo que nos vendieron de los respiradores y lo que ahora sabemos de los resultados letales que produjo, en muchos casos, su uso.

Sin embargo, el auténtico problema que plantea esta pretendida vacunación obligatoria o ese coercitivo pasaporte verde o del color que sea y de cualquier otra medida similar que se quiera implementar a la brava, va mucho más allá de ambas propuestas en sí mismas, supone, fuera de toda duda, una clara intromisión en nuestra voluntad de elegir libremente lo que más nos conviene y eso es muy peligroso.

Vivimos en una sociedad en la que, en aras de una pretendida libertad, nada es obligatorio. Nadie nos obliga a votar llegados unos comicios; no se puede obligar a un detenido, por un delito grave, a prestar declaración si no lo desea, ni siquiera se le puede realizar una prueba de ADN sin un mandamiento judicial, caso de negarse a ello; tampoco se obliga a los políticos a prestar el juramento de sus cargos de acuerdo con una fórmula preestablecida y mucho menos a cumplir fielmente con lo que se han comprometido con los electores en la campaña electoral -no pactaré jamás con independentistas, ni tampoco con filoetarras y menos con el de moño sucio ya que no podría dormir tranquilo, ¿les suena todo esto?-; ni tampoco a que devuelvan el escaño caso de convertirse en tránsfugas; incluso, a nadie se le exige que respete las reglas del juego que marca la Constitución vigente, permitiéndoles que atenten impunemente contra ella, por medio de manifiestos golpes de Estado, para luego indultarlos; tampoco se puede conminar a nadie a que empuñe las armas para defender a España en el supuesto de que seamos invadidos por otra potencia.

Nadie nos obliga a nada. Sin embargo, esta vacuna, este pasaporte verde si será obligatorio, so pena de admitir nuestra muerte civil, dentro de una sociedad acobardada y cómplice, y vivir marcados y señalados por el dedo acusador tanto de los políticos que nos llevaron a esta situación, como de los tontos útiles que les sirven fielmente.

Por otra parte, resulta insólito y pone de manifiesto la catadura moral de la sociedad en la que vivimos que aceptan, de buen grado, el discurso de los acérrimos defensores de la vacunación obligatoria, los que siguen fielmente la postura oficial, que se pueden expresar con total libertad en todos los medios, vendiendo que la vacunación es la gran panacea universal, algo muy lícito por otra parte; sin embargo, no se permita que los detractores de este discurso puedan expresarse también libremente, manifestando sus puntos de vista y el resultado de los estudios que han realizado.

De esta forma, ante las pruebas, los que no pudiesen mantener la controversia, quedarían descalificados y los pobres mortales tendríamos más elementos de juicio a la hora de la toma de decisiones.

Hablo de la opinión de gente solvente, por cierto, cada día más -virólogos, biólogos, médicos, incluso algún Premio Nobel, publicaciones serias, etc.-, profesionales de prestigio, a los que, esos incultos de las televisiones subsidiadas, desprecian llamándolos negacionistas y otros calificativos peores, simplemente porque, sin un interés aparente -los otros si lo tienen, aunque solo sea por ser fieles al discurso oficial-, opinan en contrario, argumentando razonamientos científicos, a lo que nos venden desde los estamentos del poder.

Es lamentable que estas personas que, equivocados o no, tan solo pretenden someterse al debate, tengan que sufrir los insultos, vejaciones y descalificaciones, tachándolos de locos pseudocientíficos, por parte de la ciencia oficialista, de los grupos políticos interesados o de la prensa miserable comprada por el poder.

Debemos exigir que se les permita debatir, mostrar públicamente sus conclusiones ya que, en este asunto, nos estamos jugando nuestro futuro como individuos y puede que, incluso, la vida.

Es intolerable que los partidos -hablo de los de la oposición, ya que la izquierda y ultraizquierda no me merecen el mínimo respeto ni consideración-, y en este saco entran todos -PP, Cs y VOX- que dicen ser los adalides de la libertad, los defensores de nuestros derechos, intenten llegar a acuerdos para imponernos medidas coercitivas como estas o se pongan de perfil ante la pretendida limitación de libertades y derechos individuales, aduciendo que lo hacen por nuestro bien, a las que nos quiere someter ese putrefacto globalismo internacional con sus foros y macabras agendas y, todavía mucho peor, que se permitan insultar alegremente a los que no pensamos como ellos. Esos, tampoco defienden mis intereses.

Por otra parte, ¿qué inconveniente puede haber en que un particular se acerque a un despacho de farmacia y adquiera, libremente, la vacuna que quiera y, una vez inoculada por un profesional, se le expida el correspondiente certificado de vacunación?, ¿qué ocultos intereses se esconden tras esta negativa?

¿Por qué me tiene que vacunar el chulesco y siniestro personaje del pantalón-pitillo o el sátrapa reyezuelo del reino de taifa en el que resido con la vacuna que ellos quieren?, ¿para sacar pecho aduciendo que se ha logrado un tal o cual porcentaje de vacunación o que estamos al borde de lograr la inmunidad de grupo? De sobra saben que todo esto es una falacia.

Creo que el terror irracional que nos han inculcado durante este largo año ha permitido a estos que nos gobiernan, no solo limitar nuestros movimientos y nuestras libertades más elementales y colarnos toda una suerte de leyes de ideología totalitaria, sino también bloquear nuestra capacidad de toma de decisiones y esto, realmente, es muy grave.

Si admitimos, por miedo, que la vacunación sea obligatoria, estaremos condenados a que, mañana, el que nos gobierne, sea quien sea, pueda determinar lo que mejor le plazca con nuestras vidas, incluso con nuestra muerte.   

Con relación a ese supuesto pasaporte de vacunación que, según nos dicen, será una especie de llave mundial que nos abra cualquier cerradura y que sin él ni tan siquiera podremos viajar, habría mucho que hablar.

Se trata, por supuesto, de un documento que se confeccionará en soporte digital y en él irán grabados los datos relativos al proceso de vacunación de los titulares junto al resto de sus datos filiativos. Estos datos, pese a esa machacona insistencia, cansina y absurda en muchas ocasiones, de las leyes que los protegen, estarán al alcance de cualquiera que desee verificar la información en él contenida que, por cierto, no se sabe quién la manejará, ni tampoco que otro tipo de datos encriptados podrá introducir a su antojo.

Al final, al igual que en el malvado y miserable régimen comunista de los chinos -no debemos olvidar que todo viene de ahí-, todos estaremos controlados, sabiendo los oscuros y ocultos poderes, incluso extra nacionales, quienes somos, si somos afectos o no al régimen, si nos hemos portado bien o mal y, por supuesto, si hemos seguido fielmente, como parte de esa masa controlada y manejable, los dictados que vienen de un arriba que, realmente, no sabemos bien dónde está.

En mi caso, no estoy dispuesto, salvo orden judicial que me lo exija, a entrar en este juego globalista que nos anula como seres humanos y nos destruye como Nación. Espero que algún día, no muy lejano, despertemos de esta pesadilla creada por una élite que pretende controlar la humanidad a su antojo y exijamos, realmente, LIBERTAD, empezando por echar fuera, a patadas, de nuestros Gobiernos a los fieles lacayos de esta corriente globalista internacional, adoradora de la nueva religión del ecologismo, que, con sus foros y agendas, nos está llevando a la ruina.

Eugenio Fernández  Barallobre ( El Correo de España )