EL ESTADO DESERTOR

No fue en Cataluña, sino en un bar de Cádiz, bajo la foto de Serrat jovencísimo, como un chico que caza pájaros en el Poble Sec. Allí, el independentista catalán me decía que lo suyo no se definía en lo étnico o lo congénito, sino en la adhesión a la causa (conversión o muerte civil, pensé). Su fuerza estaba en eso y en que en muchos lugares de Cataluña España ya no existía. O sea, ya habían ganado, así, sólo con reclutas y vacas.

Cataluña es más que sus Sacromontes de payeses, pero el Estado no puede desaparecer como entre meandros amazónicos, no puede tener por ahí agujeros, barbechos ni deserciones. Y, sin embargo, el Estado ha ido desertando de Cataluña, sustituido por asambleas de cayados, príncipes de la pela o brigadas con matasuegras y martillos. No ha sido por el espejito mágico de Sánchez, la pachorra de Rajoy o la sonrisa de helio de ZP: ha ocurrido desde el comienzo de la democracia.

El Estado daba pasitos hacia atrás en Cataluña, y la lengua, la educación, los medios, las fuerzas de seguridad e incluso los estancos se disponían para servir a la ortodoxia. Hasta que nos hemos encontrado con esto, con que en Cataluña la ley no existe o inventan la suya cada mañana sus barrenderos municipales, sus lecheros espías o su policía política y moral.

Los árboles y las fuentes se llenan de lazos amarillos como de ridículos patos de goma. Éstas y otras monas pintadas, sagradas como falos orientales, han terminado por expulsar al Estado con una marejada de basura. Y sirven para detectar al disidente, desamparado. A ver cómo defendemos ahora el espacio público, ya sea una rotonda con vendimiador o un parlamento con musas de tapiz. Y no sólo porque el Estado dimita en Cataluña, sino por nuestra propia cultura de lo público.

 Hemos dejado que el espacio público desaparezca. En realidad no nos importa lo público, nos importa lo nuestro, así que el espacio común ha ido sustituyéndose por la posibilidad, el hueco, el turno para colocarle lo nuestro a los demás como unos pies en la cara. Desde esos ayuntamientos como maceteros republicanos al crucifijo en el aula o el Ejército sacando Cristos como quemados en un incendio de flores.

Iba a decir que nos falta una ley efectiva sobre el uso de los espacios públicos y el civismo como una laicidad que englobe toda ideología. Pero cualquier ley es inútil si el Estado decide fugarse para que cada molinero pueda tener su paisito y el Gobierno, una legislatura vistosa.

Luis Miguel Fuentes ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor