EL EUCALIPTO DE GIBRALTAR

El eucalipto es un árbol de crecimiento rápido, brinda madera suficiente para llenar de papel los almacenes de alrededor y su hoja alivia las congestiones antiguas, aquellas de toalla y bacinilla. Fuera de eso, ni es bonito ni sirve para gran cosa; con el añadido de que seca literalmente todo su entorno: junto a un eucalipto no brota ni una sola planta. Permítanme el símil: Gibraltar es el eucalipto del área geográfica a la que pertenece.

Mientras en la colonia británica los impuestos sean una broma, las empresas, cualesquiera, puedan trabajar online con la vista gorda de los Picardos y demás «gobernantes» de la Roca, las condiciones laborales sean de aquella manera y los ricos gibraltareños puedan vivir en casas estupendas en Sotogrande, ni La Línea, ni San Roque, ni Los Barrios ni todo lo demás podrán desarrollarse en igualdad de condiciones.

Si se aplica a Gibraltar el escenario futuro que condena a Gran Bretaña a un estrés económico y social sin precedentes como consecuencia del Brexit, podría darse el caso, o no, de que la economía gibraltareña saliese de la cueva en la que crece la mirtácea y se expandiese por el Campo que le rodea. Todo siempre que una inteligente política de Estado pusiese su vista en un área particularmente castigada por diversos malditismos históricos. Sé que es mucho pedir, pero, ya puestos, lo pido.

Gibraltar no es el Reino Unido, es una colonia; sujeta, por cierto, a la a veces titubeante reclamación española según las decisiones que lleva tomando la ONU desde que yo era un niño chico. Y calzo 62. Gibraltar no está incluido en los acuerdos entre Gran Bretaña y la Unión Europea, y como me imagino que ya saben, Bruselas no está dispuesta a volver a trabajar en otro tratado que dé gusto a los Johnson y compañía.

Por eso tiemblan en el Peñón: saben que una ruptura brusca significa colocar una frontera dura entre España -o sea, Europa-, y la pista del aeropuerto gibraltareño, con visado, horas de cola, inspección pormenorizada y demás lindezas administrativas. Eso perjudicaría a los diez mil españoles que trabajan en Gibraltar, sí, pero mucho más a los empresarios gibraltareños que deberían salir a buscarse la vida en la zona.

Si el Gobierno español no abandona a esos trabajadores y cuida el entorno con políticas sensatas, el problema no estará de este lado de la frontera, sino del otro. Los británicos, a través de un informe salido a la luz de nombre «Yellowhammer», prevén un escenario de desabastecimiento en la colonia que podría alcanzar materiales tan sensibles como alimentos o medicinas, además de diversos perjuicios para la cómoda y tramposa economía gibraltareña, con aumento de precios y colapso de puertos incluidos.

No hay por qué desear el mal a nadie, pero tampoco renunciar a beneficiarse de una decisión que han tomado los británicos de forma inconcebible y, fundamentalmente, sentimental. El Brexit hará daño al Campo de Gibraltar, pero también puede ser para la zona una forma de oportunidad que no se debe perder.

En la Unión prolifera el convencimiento de que el Gobierno de Johnson pretende hacer de toda Gran Bretaña un inmenso Gibraltar: convertirlo en paraíso fiscal, crear empleo de baja calidad, rebajar estándares de producción, hacer lo mismo con los salarios y, en resumen, poner en marcha un auténtico «dumping» contra la UE. Allá los británicos.

Pero también cunde la idea de que va a resultar imprescindible que salgan de Europa, como decidan hacerlo, para que sepan exactamente lo que han perdido con esa estúpida decisión. No descarten que cuando empiecen a faltar cosas promuevan acciones para volver a ingresar. Pero mientras tanto, aprovechemos la buena nueva que supone la eliminación de eucaliptos que no brindan beneficio alguno para el secarral en el que han convertido a su entorno.

Carlos Herrera ( ABC )