Comida de cumpleaños en agosto. Un día raso, esplendoroso en un jardín con piscina, dominando desde un alto las estribaciones de Baiona con las Cíes allá al fondo.

Empezamos instalados en la ortodoxia anti-Covid, muy modositos. No superábamos el número de personas autorizadas en las reuniones y manteníamos una cierta distancia al hablar, como debe ser. Pero a la homenajeada, ay, le habían regalado, entre otros obsequios, un simpático barrilete de Heineken con su grifo incluido.

Con aquel mediodía de calor, pronto empezamos a jugar a camareros y a despacharnos cañas mientras armábamos el asado. Corrió con alegría la birra (que no se bebe con pajita y mascarilla exactamente). Luego vino el blanco y el tinto de la comida.

Y después, algún gin-tonic para los más entusiastas… A los postres, toda norma de cautela había volado, a pesar de que algunos de los comensales eran médicos, ya cincuentones y de prestigio en lo suyo. Los chavales habían estado saliendo por ahí hasta las mil con sus amigos en las noches de verano previas.

Nosotros también habíamos tenido nuestras cenas y saraos agosteños. ¿Qué garantía teníamos de que no había allí algún portador del virus? Siendo francos, ninguna. En aquella fiesta -donde huelga decir que lo pasamos bárbaro- en realidad jugamos a la lotería con el Covid. Salió bien. Han pasado las semanas y no ha habido ningún afectado. Pero también podría haber salido mal.

España no es Laponia. Es un país de clima bondadoso, donde se vive en la calle, donde batimos récords de bares por kilómetro cuadrado, donde los lazos familiares son fortísimos y donde el alcohol engrasa los encuentros sociales, con la desinhibición consiguiente.

En agosto bajé una noche a un súper de esos que cierra muy tarde a por unas viandas para una «cena-bolsa-de-lechuga» de supervivencia. En la cola de la caja, la mayoría de los clientes eran grupos de dos, tres o cuatro chavales comprando alcohol.

Delante de mí esperaban turno dos chicas muy jóvenes con una botella de ron de batalla y dos cocacolas tochas. Supongo que no eran para regar las lechugas. En las terrazas de las calles de los vinos se veía a gente apelmazada sin la debida precaución.

En la playa, pandillas de adolescentes de hormonas alborotadas pasaban de todo… Por supuesto impera en las calles una observancia casi general de la mascarilla. Y en las tiendas te recuerdan que te eches gel en las manos. Y los viajeros van con cuidado en el transporte público… Pero el factor jolgorio sigue ahí, y en el mismo día podemos ser virtuosos y tener un momento de expansión donde nos exponemos, porque «malo será…».

El Gobierno lo ha hecho de pena ante la epidemia. Ahí están las desoladoras cifras de contagios y muertos y el precio económico que pagamos. Además, esta crisis ha puesto boca arriba que España arrastra un problema de modelo. No llega a ser un Estado federal pleno.

Pero tampoco es un Estado unitario con un Gobierno de riendas fuertes. El resultado es que a veces los asuntos se quedan en tierra de nadie, y cuando constituyen retos enormes… Pero al margen del fiasco político, reconozcamos que las personas de a pie también necesitamos tomárnoslo más en serio.

A todas horas, y corra o no el morapio, porque el otoño va a ser de riesgo.

Luis Ventoso ( ABC )