EL FALSO HUMANITARISMO

No se puede ser neutral ante el drama de Venezuela. No se puede asistir impasible al sacrificio de un pueblo a manos del presidente y sus secuaces. No se pueden invocar la legalidad constitucional, ni hablar de golpe de Estado cuando el primero que la violó fue Nicolás Maduro al convocar unas elecciones sin ninguna garantía, la oposición atrincherada en la Asamblea Nacional, mientras el presidente mandaba encarcelar a sus líderes, tras hacerse con todos los resortes del Estado, incluido el Tribunal Constitucional.

Pero, sobre todo, no se puede estar matando de hambre, de falta de servicio médico y de lo más elemental a todos cuantos no se someten a su férula. Son millones los venezolanos que han huido al extranjero, los que pudieron, lo más lejos posible, muchos a España, los más a los países vecinos, «con una mano delante y otra detrás», como se dice cuando no se tiene nada que llevar, pero al menos son libres.

A sus espaldas dejan uno de los países más favorecidos del mundo por su riqueza petrolífera, pero con las estanterías de sus supermercados vacías y los enfermos muriendo en los hospitales por falta de lo imprescindible para cualquier tratamiento.

Aunque aún más grave es que Maduro haya creado una «guardia de hierro» en su entorno, los «Comités Locales de Abastecimiento y Producción», formado por los dispuestos a defender la «revolución bolivariana» contra sus compatriotas, a cambio de paquetes con lo imprescindible para sobrevivir, que es a lo máximo que puede aspirar hoy un venezolano. Pocas veces se habrá visto tan claro a dónde llevan los delirios económicos de izquierda. Por cierto: ¿no trazó Monedero esos planes?

Esta situación no podía durar eternamente y al final ha estallado, cuando nadie lo esperaba, dado lo fraccionada que estaba la oposición. Un hombre joven y poco conocido, Juan Guaidó, se ha autoproclamado presidente y desde Canadá hasta Argentina, pasando por Estados Unidos, Costa Rica, Colombia, Brasil, Perú, Ecuador y Chile, le reconocieron como tal.

Mientras Maduro ha recibido el endose de países tan sospechosos como Rusia, China y Turquía. Europa, lenta (¿o cobarde?) como siempre, ha elegido la actitud más cómoda: proponer la celebración de elecciones libres y garantizadas, mostrando su simpatía por la Asamblea Nacional, pero sin reconocer a Guaidó. Y España, ¿qué ha hecho?

Pues aunque es la que más se juega, por lazos históricos, españoles en Venezuela y venezolanos en nuestro país, se ha limitado a adoptar la posición de la UE, cuando debería liderarla. Otra cosa son los líderes políticos. Esos se han mojado: Casado y Rivera a favor de Guaidó; Iglesias, de Maduro. Sánchez en medio.

Y el lío que tiene con su presupuesto se convertiría en sainete si Iglesias se los tumbara por no apoyar a Maduro. La política gasta estas bromas.

El drama venezolano, en cualquier caso, lo decidirá el ejército. Sin él, a Maduro sólo le quedaría el exilio a gozar de sus millones. Tiene comprados a sus mandos con todo tipo de beneficios. Pero oficialidad y tropas vienen del pueblo. Suena su hora, para su honor o vituperio.

José María Carrascal ( ABC )