EL FIASCO DE TODA UNA TRAYECTORIA

Pedro Sánchez ha vuelto a demostrar que es el político de las primeras veces. El primero que llegó al poder con una moción de censura; el primero que se empeñó en gobernar con 84 diputados y unos aliados partidarios de la liquidación del Estado; el primero que celebró en Pedralbes una cumbre bilateral con el presidente de una autonomía; y el primero que ha estado a punto de meter al populismo de inspiración comunista en el Consejo de Ministros: si no lo ha hecho es porque finalmente no se pusieron de acuerdo en el reparto de sillones.

Desde ayer, Sánchez figura además en nuestra historia por ser el primer candidato cuya investidura es tumbada en dos ocasiones.

Algunos creen que todas las primeras veces de Sánchez se deben a la audacia, pero solo son hijas de la temeridad. Y de una ausencia asombrosa de escrúpulos. Y de una arrogancia igualmente asombrosa.

 No otra cosa se necesita para proclamarse vencedor absoluto de unas elecciones en las que se obtienen 123 escaños, pasarse tres meses sin mover un músculo para asegurarse el éxito de la propia investidura pese a haber sido propuesto por el Rey y pretender ser investido por aclamación en primera votación o tras una delirante negociación exprés en segunda.

Pero así es Sánchez. Hace tres años mantuvo el país bloqueado durante meses parapetándose tras el no es no; desde abril ha pretendido responsabilizar a los demás del bloqueo, pero él mismo afirmó en 2016: «La responsabilidad de que pierda la investidura es exclusiva del señor Rajoy por ser incapaz de articular una mayoría».

Ahora nos aboca a un nuevo periodo de incertidumbre: nueva oportunidad o repetición electoral. Los españoles no se merecen a un presidente que entiende la política como un puro juego de relatos forzados, mentiras en prime time, distribución de culpas y juegos de poder en régimen de monopolio.

Los españoles se merecen un gobierno que haga frente a sus problemas presentes y a los que están por venir. Y desde luego no se merecen en absoluto el grotesco espectáculo de la segunda investidura fallida de Sánchez, que pasará a la historia como el punto degradante en que Gabriel Rufián y un portavoz de Bildu, entre otros impugnadores de la Constitución, se permitieron presumir de sentido de Estado en la sede de la soberanía nacional.

La sesión de este jueves vino a dar la razón al difunto Rubalcaba. A quien Sánchez rindió honras fúnebres sin acompañarlas del correspondiente ejercicio de autocrítica. Rubalcaba sabía que no se puede gobernar España con lo que llamó la vía Frankenstein.

 Que el PSOE, un partido sistémico de la democracia del 78, no podía acometer la gobernabilidad del Estado con Podemos, Batasuna y dos partidos promotores de un golpe de Estado cuyos líderes están en la cárcel o fugados.

Sin embargo, Sánchez vendió a las bases del PSOE que sí era posible, y con ese argumento ganó las primarias a Susana Díaz y desalojó después a Rajoy del poder en la moción. Consideró entonces que pagaba un precio asumible por La Moncloa, pero no lo era ni para España, ni para la democracia, ni para el PSOE y ni siquiera para el proyecto de supervivencia personal de Sánchez, como se vio en el Congreso: solo le apoyó su partido y un regionalista cántabro.

Lo único que ha conseguido es empujar la vida política española a un extremo insoportable de radicalidad y sectarismo, obligando a la oposición a atrincherarse en respuesta a su tóxico plan de alianzas y a su campaña permanente de demonización. Por eso ayer no solo fracasó toda la trayectoria de Sánchez: fracasó toda una generación política condicionada inevitablemente por él y su modo de hacer política.

Ahora qué, se preguntan los ciudadanos. ¿Habrá examen de conciencia y rectificación? ¿Seguirá España abocada al bloqueo por la megalomanía de Iglesias y la histórica irresponsabilidad de este PSOE al aliarse con él?

Ojalá este bochornoso fracaso le sirva a Sánchez para recapacitar sobre la advertencia cumplida de Rubalcaba.

El Mundo