EL FINAL DE UNA ESCAPADA RADICAL

El Gobierno actual nació de una suma de radicalismos aglutinados por el rechazo a la derecha. Su mentira fundacional consistió en vender como progresistas a aquellos que quitaban el sueño a Sánchez, empezando por el populismo bolivariano de Podemos y siguiendo por el golpismo impenitente de ERC y los herederos políticos de ETA.

En la cima, un aventurero de principios gaseosos emancipado de la tradición socialdemócrata que daba sentido a una sigla histórica, hoy nada más que una plastaforma cesarista a mayor gloria personal del líder plenipotenciario. Su coalición Frankenstein echó a andar por la senda programática de la guerra cultural contra la oposición. Hasta que estalló la pandemia y aquel programa cainita y pueril voló por los aires.

Sánchez descubrió entonces por qué no fue buena idea abandonar la moderación y fiar su supervivencia a partidos antisistema sin sentido de Estado ni interés en aprenderlo. Fue la misma oposición que él caricaturizaba como bloque reaccionario la que por responsabilidad le salvó sucesivas prórrogas de la alarma cuando el separatismo le abandonó. Y es la oposición constitucionalista de PP y Cs la que, pese a las invectivas que recibe, sigue acordando medidas cruciales en mitad de la peor crisis sanitaria y pronto económica que se recuerda.

El ingreso mínimo vital, el decreto de la llamada nueva normalidad ayer mismo, el pacto sanitario en ciernes que Ana Pastor teje con Salvador Illa o el apoyo cerrado que PP y Cs han expresado a la candidatura de Nadia Calviño a la presidencia del Eurogrupo -lo que contrasta clamorosamente con la sectaria negativa de Sánchez a apoyar a Miguel Arias Cañete o a Luis de Guindos en su día– vienen a desmentir rotundamente la chatarra argumental difundida desde Moncloa según la cual la oposición estaría instalada en la crispación mientras al Gobierno le duele la mano de tenerla tendida.

En una democracia consolidada la oposición fiscaliza al Gobierno y señala los errores de su gestión, sobre todo cuando han sido tan graves que han convertido a España en el país con mayor número de muertos por habitante, con mayor número de contagiados sanitarios, con el confinamiento más severo, con el daño económico más profundo y con las peores perspectivas del planeta según el FMI. Pese a todo, la oposición sigue pactando por el bien de los españoles mientras Sánchez insiste en despreciarla y exigirle sometimiento en las sesiones de control.

¿Qué más tiene que suceder para que este presidente asuma la cruda realidad? ¿No ve la tormenta que se nos viene encima y la imposibilidad de capearla con socios tan precarios e indeseables? Lo que su inexistente virtud no puede, hágalo al menos la necesidad.

Sánchez debe soltar lastre populista, enterrar la perversa memoria del no es no que él instaló entre nosotros y abrirse a pactos leales en España con los otros dos partidos que gobiernan Europa.

El Mundo