Si bien a estas alturas nadie discute el papel de “la tele” en el embrutecimiento masivo de la población y se reconoce que pasamos demasiado tiempo delante del móvil, no es menos cierto que tal evidencia desvela también una enorme hipocresía.

Qué fácil es repetir lo de “la caja tonta”, fingiendo distancia e indignación ante los “programas basura”; o maldecir el tiempo perdido en las redes, ¡pero qué gran mentira en tamaño y extensión! Basta ver de qué se habla en la calle para constatar que nadie se informa por otra vía que la pantalla del televisor o a través de vídeos muy cortitos compartidos a través del móvil.

Tan cortos como la capacidad de atención del televidente… Y ya hace algunos años decían alarmados los pedagogos que habían detectado un aumento de los casos de TDAH (Trastorno por déficit de atención e hiperactividad) en los niños… “¡La culpa es de las horas que pasan ante el televisor, el ordenador, la videoconsola y el móvil! ¡Están hiperestimulados!” –clamaban–. ¿Pero acaso no sucedía entonces lo mismo entre los adultos?

Por un lado, los hay que afirman que habiéndose acostumbrado desde niños a ver “las cosas” cómodamente en una pantalla, no tienen fuerza para buscar otro camino. La inercia y la pereza los han conformado como “usuarios” pasivos y suprimido su voluntad para adoptar otra actitud. Serían, así, víctimas de un hábito socialmente aceptado que les habría hecho adictos al bombardeo diario de imágenes y sonidos, y permeables a su influjo.

Por otra parte, hay quienes sostienen que ante la ínfima calidad de la programación televisiva resulta difícil sustraerse a sus perniciosos efectos. Y tampoco les falta razón.

Ahora bien, siempre ha existido la opción de no encender la televisión y, en su lugar, ponerse a leer un libro. De modo que tampoco puede negarse que, en primera y última instancia, la responsabilidad de malgastar tanto tiempo delante de una pantalla es individual e intransferible.

Es decir que, si estamos de acuerdo en que la televisión idiotiza, y admitimos que hay una relación directa entre nuestra tontería y el tiempo que pasamos ante el televisor, salvando los casos congénitos, habremos de reconocer que cada cual es responsable de su propia estulticia.

Por supuesto, ya sabemos que esto del libre albedrío es una lata que dificulta echar la culpa a los demás de nuestras malas ideas y decisiones, pero aunque pretendamos seguir siendo niños toda la vida, ni el socorrido Rousseau ni “la sociedad es culpable” pueden salvarnos siempre de nuestra insensatez o torpeza.

En otro orden de ideas, aunque en relación con lo apuntado, muchos ciudadanos demandan la protección y tutela del Estado, y un Estado paternalista al que hemos encomendado nuestro “bienestar” genera a su vez una mayor dependencia de un mayor número de ciudadanos.

Subvenciones municipales, autonómicas o estatales convierten, por lo tanto, cada vez a más individuos adultos en niños. Y así, los funcionarios –más de tres millones en España–, sindicatos, oenegés y demás chiringuitos que se alimentan directamente de las arcas públicas son totalmente dependientes.

Simultáneamente, como se apuntaba al principio, cuando se asume una dependencia y se relajan las costumbres, como la de pensar por uno mismo porque ya otro lo hace por ti –ya sea el Estado o la televisión–, es muy difícil revertir la situación.

Ésta y no otra es la razón por la que tantos funcionarios se comportan literalmente como menores de edad. No es que sean necesariamente estúpidos, sino que les resulta más cómodo obedecer. Y como muchos otros ciudadanos, se conforman con la papillita televisada diaria, la degluten satisfechos y no se cuestionan nada.

De modo que, entre el papel tutelar que demasiados solicitan del Estado y la influencia de una tele a la que tantos se someten de forma voluntaria, constatamos que el paternalismo estatalista y el infantilismo de sus súbditos se retroalimentan mutuamente. Y he aquí que, llegados a este punto, cabe pararse a pensar si esta situación no conduce, indefectiblemente, a una tiranía; inevitable sobre un pueblo intelectual y moralmente arruinado.

Tal vez, con un ejemplo, se entienda mejor:

“No pensar antes de hablar” es falta disculpable en el niño, pero rasgo de atolondramiento e irresponsabilidad en el adulto.

En este sentido, no recuerdo ya a cuántos funcionarios habré oído preguntarse, cada vez que hay un asalto en la valla fronteriza con Marruecos, “si tiene sentido defender Ceuta y Melilla”. Por descontado, en nombre de los ceutíes y melillenses, y pasándose por el arco del triunfo su voluntad y sentir. Es decir, “decidiendo” por ellos su futuro y el de sus familias.

Ahora bien, si al necio capaz de plantear semejante ocurrencia se le hace observar tal circunstancia –es decir, su irreflexión y la condición de quien sin pensar se expresa– y que su “idea” o “simple opinión” atañe a la libertad y la vida de los habitantes de aquellas plazas, ¿alguien cree que un personaje así cejará en su tesis original, se replanteará su posición y recapacitará al menos sobre su pertinencia? ¡En absoluto!

Entonces saldrá por peteneras con argumentos como “cuánto nos cuesta mantener aquellas ciudades” bajo nuestra soberanía. Como si fuera un gasto injustificado por un pedazo de tierra sin valor. Ante lo cual se puede intentar explicar la obviedad de que Ceuta y Melilla son enclaves estratégicos para el control del estrecho que regula el paso entre el mar Mediterráneo y el océano Atlántico.

O bien se puede hacer ver que, si tanto nos preocupa la economía, tal vez sería más oportuno empezar cancelando los 21.000 millones de euros adjudicados a la ministra Montero para campañas ideológicas; o exigiendo la devolución de los 20 últimos millones concedidos a los sindicatos para mantenerlos callados –125 millones en los últimos dos años; 200 en los últimos 10–; o los 15 asignados a las televisiones para asegurar su docilidad durante la pandemia.

A lo mejor podrían eliminarse las millonarias subvenciones a todo tipo de chiringuitos afines al Gobierno y sus socios; desmantelar los tinglados ecolojetas, feministas y de memoria adulterada; reducir el gasto en coches oficiales y en viajes en Falcon injustificados; suprimir un buen puñado de ministerios, asesores y funcionarios inútiles; o incluso se podría acabar de una vez con el cáncer de las autonomías y su derroche incontrolado.

Todo esto, claro, si quisiéramos corregir la gigantesca hipoteca de una deuda desbocada que crece día a día, no por Ceuta ni Melilla, sino por el disparatado gasto destinado, fundamentalmente, a mantener millones de parásitos pastando del erario sin función conocida.

Dicho lo anterior, lo que más llama la atención, aparte, claro está, de la evidente falta de reflexión detrás de los planteamientos expuestos para renunciar a una parte del territorio nacional, es la ausencia total de empatía hacia los ceutíes y melillenses.

Cuestión que no es baladí y que refuerza la idea de que el funcionario que así se expresa no sólo se comporta como un niño irresponsable y por completo insolidario, sino como un niño imbécil. Porque de quien muestra tal desprecio respecto a sus fronteras y semejante desapego hacia el destino de sus compatriotas sólo puede concluirse que, o bien es un inconsciente, o bien es un psicópata egoísta ayuno de toda humanidad; no digo ya de patriotismo.

Pero es que, ligado a esta tara, aflora también una enorme contradicción doblemente punible por tratarse de un servidor público; a saber, que el sueldo de todo funcionario se paga con los impuestos de los españoles, incluidos los melillenses y ceutíes. Lo cual, si se pudieran pedir cuentas a un irresponsable por sus afirmaciones, al cargo de traición debería añadirse el agravante de vileza.

Por todo lo ya apuntado hay quien piensa que no existe criatura más alejada de los intereses y preocupaciones del pueblo que algunos de esos que se hacen llamar “servidores públicos”; aferrados a la divisa “ande yo caliente, muérase la gente”. Sujetos para los que la lejanía o proximidad a los sucesos no depende de la distancia geográfica sino de lo que el televisor sitúe cerca o lejos.

Prueba de esto es la duración y alcance de sus “preocupaciones sociales”, directamente relacionadas con los estímulos visuales que reciben. Y esa es la razón por la que pueden sentirse “conmocionados” por algo que pasa a miles de kilómetros e ignorar lo que pasa en su país.

Y mostrarse más afligidos por el “cambio climático” que por el sufrimiento o el hambre de sus compatriotas; conmovidos por un cormorán herido, e indiferentes ante los 100.000 abortos anuales practicados en nuestro país año tras año…

Teledirigidos, idiotas e hijos de Satanás.

Filipides ( el Correo de España )