Durante esta semana, tras más de medio año de secuestro, los niños acudieron a la escuela, que es algo así como si la inocencia se volviera a sentar en los pupitres para preparar el futuro. Sin embargo, el presente es tan convulso que enseguida comenzaron los incidentes de los que no escapan ni siquiera las princesas.

Llevamos ya más de medio año conviviendo con la pandemia, pero o nuestros dirigentes están escasamente avisados, o el problema se nos atasca o la improvisación española -que tan buenos resultados nos da en verbenas y excursiones- no sirve para esta situación, que ya ni siquiera es nueva después de tantos meses. A algunos nos sorprendió la tardía evidencia de que los profesores también

 podían contagiarse o ser contagiados, que es algo así como si al hacer una paella, y pasando revista a los ingredientes, nos diéramos cuenta de que no teníamos arroz. Es cierto que, merced a este olvido, unos pescadores de Gandía inventaron la fideuá, pero de esta situación no salió invento alguno, sino unas colas enormes que atascaron todavía más el castigado sector sanitario.

La semana ha servido para constatar que los contagios no solamente son probables, como ya sabíamos, sino que se han producido y, aunque «los hijos no son de los padres», según la ministra del ramo, los padres todavía no saben a qué atenerse si cierra la escuela por afectados del virus.

Por ejemplo, no sabemos si un padre, conductor de un autobús, podrá llevarse a su hija al trabajo si no puede dejarla con nadie; si podrá darse de baja para cuidarla; o si una madre, que ha decidido que no acuda su hijo a la escuela por miedo al contagio, será multada por la ministra, o bien la multa puede llegar por irse la madre al trabajo y dejar al niño sólo en casa.

Organizar el futuro de la inocencia, con un presente que los adultos somos incapaces de normalizar, resulta complicado, y todavía más si los responsables a los que se les ha encomendado la tarea están distraídos con sus maniobras políticas y egoísmos mientras el tiempo transforma el presente en pasado.

Puede que lo positivo de este desastre haya sido percatarnos de que las tabletas y los móviles son las sombras de la caverna de Platón, pero no la realidad que puede contemplarse allá fuera, en el patio del colegio, y que nada puede sustituir a un docente armado de cuatro elementos fundamentales: amor, paciencia, una tiza y una pizarra.

Sí, ya sé que la pizarra es ahora la pantalla, pero la escritura que cambió el mundo hace 6.000 años se construyó a mano, sin teclas, porque las letras son los imprescindibles y diminutos dibujos que permiten la aventura de leer… y de aprender. Como dice García Lorca, a través de su pequeña pieza «La doncella, el marinero y el estudiante»:

«A, B, C, D,

¿Con qué letra me quedaré?

Marinero empieza con M,

y Estudiante empieza con E,

A, B, C, D».

Y es en el abecedario donde la inocencia halla su futuro.

Luis del Val ( ABC )