EL GENIO BOLCHEVIQUE

Hubo un tiempo en el que los líderes de Podemos, fieles al espíritu del momento populista post crisis, declararon obsoleta la divisoria izquierda-derecha. Animados por el ejemplo de los procesos populistas de América Latina, Podemos llegó incluso a coquetear con la idea de articular un patriotismo de raíz popular que sintetizó en el lema «Pueblo, patria, Podemos».

En el libro Construir puebloÍñigo Errejón cuenta a Chantal Mouffe la renuncia de Podemos a pelear con el PSOE por la etiqueta «izquierda»: «Pues te la quedas, te la regalamos, nos interesa construir un pueblo, no construir la izquierda». El objetivo de Podemos era reorganizar el tablero político construyendo una «voluntad colectiva transversal y progresista» para hacer frente a las «nuevas formas oligárquicas producto del neoliberalismo». Dicho de otro modo: redefinir la política española con las categorías pueblo y élite.

Podemos se estrenó en Cataluña en 2014 con este discurso populista. Lo hizo en la campaña de las elecciones europeas. Y lo hizo sin atender los planteamientos nacionalistas en un auditorio repleto de banderas moradas de partido. En una intervención ya famosa, Iglesias afirmaba que «algunos dicen que la patria es la pulsera que llevas en la muñeca, algunos llevan la pulsera con la bandera de España, otros llevan en la muñeca la pulsera con la bandera de Cataluña y algunos muy modernos le añaden la bandera de la Unión Europea. No me importan las pulseras, me importan las cuentas bancarias».

Sin embargo, la competición política ha ido escorando progresivamente a Podemos a la izquierda, proceso que culmina con su alianza electoral con IU en 2016. Del mismo modo, la estrategia de penetración territorial del partido ha hecho depender a Podemos de movimientos, colectivos y partidos de contenido nacionalista que han decantado la adopción de su discurso.

A la altura de 2018 queda poco de la estrategia populista que pretendía trascender el eje izquierda-derecha y subordinar la cuestión nacional a la social para dar cuerpo a un movimiento de cierta transversalidad. Mientras aflora una cultura política marxista-leninista de fondo que encuentra en la alianza con los nacionalismos periféricos, el apoyo al derecho de autodeterminación y la asunción de su lenguaje contra la legalidad del Estado la palanca para hacer saltar el «régimen del 78».

¿Incoherencia ideológica? No lo parece. Iglesias siempre ha tratado de mantener viva la herencia cultural del marxismo bajo el ropaje de la estrategia populista. En una entrevista en La Marea, de 2016, el líder de Podemos señalaba «el eje izquierda-derecha no sirve para explicarlo todo y eso lo sigo pensando. Seguramente la metáfora arriba-abajo, élites-pueblo, tiene mayores posibilidades revolucionarias de transformación real. A Carlos Marx le hubiera gustado más». ¿Oportunismo?

La respuesta sería disposición, eficacia y flexibilidad en la estrategia de toma del poder, que según Iglesias representan el mejor legado del leninismo. O lo que el líder de Podemos ha llamado «el genio bolchevique»: una suerte de leninismo secularizado -léase, desvinculado de la problemática «construcción del socialismo»- que resume la capacidad para leer las oportunidades que brinda la Historia a quien busca la conquista del poder.

De aquí que ante la exhibición de poder e influencia sobre el gobierno del que hace gala Pablo Iglesias merezca recordar la tribuna sobre Podemos, titulada Hacia la estación de Finlandia, que el profesor Javier Redondo publicó en EL MUNDO en 2015. Donde se echaba mano de la obra del historiador Arno J. Mayer para recordar que la Revolución rusa había sido una «amalgama inconsistente de ideología y circunstancia, intención e improvisación».

Un proceso revolucionario que encontró a una de sus primeras víctimas políticas en la figura de Alexander Kerensky, el apuesto y joven líder socialdemócrata, quien tras renegar de los liberales de su partido confió en Lenin para tener un papel relevante en la historia rusa tras la caída del zarismo.

Jorge del Palacio ( El Mundo )