Ayer se produjo otro hito del independentismo. Que el presidente en funciones de la Generalitat catalana, Pere Aragonès, acudiese a la cárcel de Lledoners para negociar entre barrotes con Oriol Junqueras y Jordi Sánchez la vía para desatascar la formación de un nuevo gobierno separatista demuestra hasta qué punto está viciada la atmósfera política en Cataluña.

El Parlamento catalán es rehén de unos delincuentes y, al parecer, las nuevas elecciones celebradas el 14 de febrero solo han servido para provocar un retorno a las cenizas del ‘procés’, un estancamiento legislativo nocivo para los catalanes y, en definitiva, para certificar la decadencia de un sistema incapaz de dar marcha atrás y corregir sus graves errores.

Cataluña está en manos de un huido de la justicia como Carles Puigdemont. De él depende que haya nuevo gobierno o se repitan los comicios.

En cualquier caso, decida lo que decida, el daño que hace el independentismo seguirá aumentando.

ABC