Como en algo se tenía que notar, y no iba a ser en el negociado sanitario, que el ministro Illa es licenciado en filosofía, el otro día justificó el confinamiento de Madrid apelando al «alma» del Gobierno.

Un abstracto concepto a medias entre el alma colectiva de Le Bon y el «agente moral» del que hablaba Foucault en su «Genealogía del sujeto»; una condición humanística de la responsabilidad weberiana que según Illa habita en unos ministerios donde la mayoría sólo vemos rutinas burocráticas, dirigentes ineptos, ambición de poder y proyectos de ley más o menos chapuceros

Lo malo es que al filósofo que lleva dentro le salió un decreto tan mal hecho que los tribunales se lo revocaron al primer intento y su jefe tuvo que recurrir a la declaración de un estado que más de alarma parecía de cabreo. El presidente no es hombre dado al pensamiento complejo y le molesta sobremanera fracasar en un reto.

Si admitimos que los Gobiernos tienen alma -lo contrario equivaldría a ser literalmente desalmados-, en el de Sánchez vendrían a coexistir como poco dos, una por cada partido coaligado, en tensión hipotética aunque unidas por un populismo que en el PSOE resulta sobrevenido y en Podemos pertenece a su ser originario.

En el propio seno socialista siempre se ha hablado de una vocación republicana embridada -por González- en un monarquismo pragmático del que en teoría no ha abjurado. En la realidad, Iglesias está imponiendo, sin que nadie quiera o sepa ponerle reparos, su sello ideológico, su esencia insurgente y su aspiración rupturista de refundación del Estado mientras el socio mayoritario se entrega a su compulsiva pasión por el mando.

El espíritu constitucionalista del sanchismo, si lo hubo alguna vez, se ha ido diluyendo en la comodidad del pacto. Illa, que ejerce con dudosa eficacia el cargo pero lo viste con un talante afable y un discurso educado, incurrió en hipérbole de autobenevolencia porque si hay un rasgo que defina a este Gabinete es un autoritarismo sectario, una arbitrariedad sólo comparable en escala al grado de desparpajo que exhibe para la doblez y el engaño.

En todo caso, de los gobernantes no se esperan reflexiones metafísicas ni existenciales sino competencia, honestidad, madurez y capacidad de resolución de problemas. Y ninguna de esas cualidades se ha visto en la gestión de la pandemia, que brilla por su pavorosa inoperancia y por una falta de credibilidad manifiesta.

El mismo departamento de Sanidad ha ocultado o manipulado datos por sistema y hasta se ha inventado un comité de expertos como coartada de su torpeza. Es tarde para sacar de paseo la conciencia. El ministro, a todas luces sobrepasado por su escasa idoneidad para la magnitud de la tarea, sería más útil impartiendo a sus colegas algunas clases de ética.

A menos que, pese a sus excelentes modales, él mismo hubiera hecho novillos en esa parte de la carrera.

Ignacio Camacho ( ABC )