Nunca se ha visto a un cantante de Ópera,  un piloto de Fórmula Uno, a un físico nuclear y creo que  tampoco nadie pudo ver  a Fleming  aplaudiéndose  a sí mismo, cuando descubrió la penicilina o le dieron el Nobel de medicina.

Tampoco me consta que gente tan pagada de sí, como los escritores, los grandes actores de cine e incluso el arquitecto del  Taj Mahal al concluir el gran mausoleo en la ciudad de Agra en la India, organizase una cuchipanda de amiguetes o expendedores de elogios para recibir el auto homenaje de las palmas enfervorizadas de sus admiradores.

En cambio, no hay nadie que no haya presenciado – aunque sea en videos antiguos- a Mao Tse Tung , a Brezhnev, o  cualquier de los líderes populistas de entonces y de ahora rodeado de mamones de su cuerda ideológica  rompiéndose las manos en un auto homenaje programado por el propio líder.

La costumbre de los políticos de aplaudirse a sí mismos es una proposición indecente y refleja el servilismo de los militantes-súbditos que se ganan el perdón del Cesar a golpe de una mano contra otra.

Da mucha grima verlos por la televisión porque ese instante los denigra, especialmente por la gestualidad histérica con la que celebran que su jefe, autocrático, pero no autocritico, se esté jiñando en todo el país, incluso en ellos, porque les ha robado cuarto y mitad de su pretendida dignidad.

Él y sus asesores creen que con una película van a recuperar a los ciudadanos que se sienten más engañados porque ellos si le votaron, pero el mensaje que el descorbatado les transmite es demoledor: solo yo, con mis promesas y mentiras, soy la solución,

Es tan burdo el engaño que la gente que le votaba antes y ha empezado a no hacerlo ahora, no cambia el voto por ideología sino por otras tres razones:  están hartos de la mentira, hasta el escroto de sus excesos y cabreados porque el gobierno es el único que no se aprietan el cinturón mientras aumenta el paro y la pobreza.

Lo importante es que el gobierno se siga aplaudiendo a si mismo.

Diego Armario