EL GOLPE PERMANENTE

Todo el mundo sabe ya -incluso Sánchez, aunque disimula- que el presidente de la Generalitat no existe. Quim Torra es una marioneta que maneja Puigdemont desde Waterloo, el lugar donde más pronto o más tarde lo acompañará si no acaban en la cárcel ambos o escapan fuera de la UE para esquivar la euroorden que el juez Llarena ha cursado.

En los escasos ratos en que ejerce como ser humano más o menos autónomo, el vicario del prófugo se aleja de su despacho para cortar carreteras o estimular a los comandos de choque callejero con arengas de ánimo. Sus propios correligionarios tienden a ignorarlo y lo más suave que dicen de él en voz baja es que está chalado; ayer mismo propuso otra consulta de autodeterminación y apenas le hicieron caso.

Sólo el Gobierno de España le expresa aún un respeto institucional que resulta extraño a la vista de las evidencias que acumula para merecer de inmediato, medidas constitucionales mediante, el desalojo del cargo o como poco la intervención acusatoria de la Fiscalía del Estado.

Ajeno a esa burbuja de vacío, que lo asemeja a aquel caballero inexistente de la novela de Italo Calvino, Torra persiste en desempeñarse con los atributos usuales de un político. Y así, siguiendo las consignas de su líder, ha dado en anunciar el retorno al sendero prohibido, al referendo unilateral por cuyo anterior capítulo hay un distinguido grupo de sus colegas en presidio.

Tras la sentencia, el orate de Bruselas debe de haber decidido que ya no le queda otro camino que el de proseguir el desafío: la dinámica del golpe permanente que tanto excita a los sectores más arriscados del independentismo. Desde la comodidad de su ficticio «exilio» ha ordenado a su títere que pida a gritos una nueva aplicación del 155.

Sánchez no parece dispuesto. Necesita a ERC como futuro interlocutor de su estrategia de desinflamación, léase apaciguamiento, y espera que tras las elecciones hagan efecto sus dosis de ibuprofeno. De momento ha logrado que las huestes de Junqueras le brinden el gesto de desmarcarse del presidente fantasma y dejarlo solo con nuevo-viejo proyecto.

Pero tiene un problema, y es que en medio del actual incendio, muchos españoles esperan que mande a Cataluña más guardias, no una brigada de farmacéuticos. Y con unas vitales elecciones por medio, lo que le pueda beneficiar en Cataluña le perjudicará en el resto de un país cansado del eterno encogimiento ante los insurrectos.

Al final, los sucesivos Gobiernos de la nación acaban siempre enfrentados al mismo escenario: la falsa dicotomía entre un nacionalismo disfrazado de pragmático y otro más exaltado que amenaza recurrentemente con tirar los pies por alto.

Y uno tras otro caen en idéntico engaño, embaucados por el simulacro sin darse cuenta -o sin querer dársela- de que se trata de un chantaje simultáneo basado en un truco tan rancio como el del policía bueno y el malo.

Ignacio Camacho ( ABC )