EL GOLPE Y SUS METÁFORAS

Hay una confusión babélica del lenguaje político al abordar el conflicto de Cataluña. Los independentistas proclaman que defienden sus libertades y su derecho a la autodeterminación de manera pacífica y democrática. Los constitucionalistas analizan el procés como un ataque a las leyes y a la soberanía de la nación.

En esta guerrilla de metáforas enrevesadas, al final de la escapada la guerra es de palabras, un juego semántico, y hasta se olvida que hubo una clara deslealtad al Estado democrático, protagonizada por unos conspiradores que cometieron un delito que en otras épocas era castigado con dureza.

Pedro Sánchez, que necesita votos para durar, aunque sean de los villanos, ha retirado los embajadores a Pablo Casado y le ha emplazado a que retire la acusación de golpista: «Si mantiene esas palabras, usted y yo no tenemos nada más que hablar». El presidente ha recurrido como argumento de autoridad a Federico Trillo y su teoría, según la cual sólo los militares cometen delito de rebelión. El Gobierno sigue esposado a los rebeldes y estudia una treta para que los abogados del Estado, o los fiscales, rebajen la rebelión hasta la sedición.

¿Qué hubo: sedición, rebelión, pronunciamiento, payasada, putsch? ¿Nacimiento de una nación amamantada por la loba estatal, intentona, farol, proclamación de una república marrullera, una síntesis de la farsa y la tragedia? ¿Un golpe de teatro o un golpe de Estado? En una época en la que la masa es manipulable, como lo son las serpientes por los encantadores, los rebeldes, sediciosos o románticos siguen hipnotizando a dos millones de personas.

Aznar ha afirmado que lo de 2017 fue un golpe que sigue sin ser desactivado. Tendremos que recurrir a los maestros del pensamiento para definir lo que es un golpe. ¿Es la toma del poder de un modo repentino y violento por parte de un grupo armado? Esa definición a estas alturas es insuficiente.

Un golpe se puede dar en una cervecería, en un cuartel, en una alcoba, en un parlamento. No es imprescindible la violencia, aunque pueda estallar después en forma de limpieza étnica o éxodo. Puede destruirse o desguazarse un Estado sin disparar un tiro, aplicando el supremacismo secreto, el terror psicológico, organizando una huelga salvaje de altos funcionarios.

Se llamó golpe de Estado al que dio Napoleón para proclamarse emperador o al que dio Napoleón el Pequeño para hacerse llamar Napoleón III. Curzio Malapartelo cuenta explicando cómo una minoría se impone a una mayoría aunque no haya derramamiento de sangre. Y José María Aznar, que hace muchas pesas y medidas, insiste: el golpe de Estado de Cataluña no ha sido desarticulado.

Raúl del Pozo ( El Mundo )