El que ciertos hombres no tengan esperanza en transformar la sordidez del mundo no quiere decir que vayan a permanecer silenciosos ante el acopio de infamias que ocultan estos políticos, instrumentos del Mal, malvados ellos mismos, que nos gobiernan mediante perjurios y traiciones.

Aunque a nada los lleve esta inextricable vocación suya de denunciar la ruindad delictiva de los banderizos, no dejarán de decir cuánta servidumbre a la indecencia suma todo Gobierno legitimado por subsidiados, okupas, parásitos, hampones, pervertidos, separatistas, filoterroristas y cómplices de varia gama.

Si siempre habrá alguien lo suficientemente malvado para encarnar al déspota sin ley, siempre habrá también alguien dispuesto a cuestionarlo con su pluma. Y a cuestionarlo con toda la firmeza posible, porque la denuncia del Mal siempre será el primer deber moral del escritor independiente, ítem más en una época donde la escritura va perdiendo su sentido, pues el lenguaje, esa materia prima de la que se sirve, se ha convertido en trampa, y el escritor ha sido engullido por los intereses mercantiles e ideológicos de los oligarcas.

Aunque sea difícil referirse a esta reata de nuevos bolcheviques, y a sus cómplices y a sus amos, sin sucumbir al asco, no dejarán de desvelar sus cabildeos, sus marejadas de escándalos, sus consabidas técnicas del agitprop liberticida. Y todo ello sabiendo que el esfuerzo es, al cabo, inútil, pues pocos escritores tienen el ingenio o la fortuna suficientes para que sus escritos muevan a las masas o permanezcan en el tiempo.

No jubilarán su pluma aun sabiendo que para la mayoría escribir es como trazar signos en la arena de la playa: la marea, con su flujo perenne, los acaba borrando. Sabiendo que la frustración del intelectual independiente ante la indiferencia con que acoge el pueblo los abusos de los poderosos, es una herida profunda que nunca se restaña. Sabiendo que aunque detallar las miserias que conforman los poderes político-sociales no cambiará las cosas, es obligado decirlas.

Este país sufriente está aceptando un brutal confinamiento y unas escabrosas leyes LGTBI y de Memoria Histórica como en su día aceptó el GAL, el 11-M y el crimen de Estado. Con la misma mezcla de resignación e indiferencia sobrecogedoras cuyo cimiento profundo es el miedo.

Vivimos en una sociedad de esclavos, no de hombres soberanos y libres, a la cual importa más el bienestar y el goce que la verdad y la belleza, y que no tiene empacho en mirar hacia otro lado o envolverse en un silencio cómplice ante las perversiones y los crímenes de los poderosos.

Desde hace muchos años en este país sufriente se suceden atrocidades financieras, sociales y políticas que han sido narradas con todo lujo de detalles, lo mismo que se ha pormenorizado de dónde salen los dineros que permiten realizarlas, que son naturalmente del Presupuesto, es decir, del bolsillo de todos los españoles.

Desde «batallones de la muerte» a inmigración ilegal subvencionada por el propio Estado invadido, pasando por ataques terroristas oscuros, informes Royuela judicialmente vírgenes, narcofinanciaciones personales o de partido, enriquecimientos fulgurantes de quien concede y quien recibe, asesinato en cadena de cientos de miles de nasciturus y flagrantes traiciones a la ciudadanía y a la patria para torcer la voluntad popular o balcanizar a la nación.

Y a pesar de todo ello no parece haber motivo de alarma, porque nadie se mueve entre la multitud. Las descarnadas e incesantes revelaciones de perversiones y delitos se pierden entre el cinismo impune de la oligarquía gobernante, la inerte docilidad de la muchedumbre y el cómplice silencio de los medios informativos al servicio de la corrupción y del crimen. Una mano lava a la otra y un escándalo tapa al anterior. ¿Quién podrá acordarse de lo que no quiere o no le interesa recordar?

Pero aquellos a quienes el mundo no aprueba, precisamente por destapar el mal olor, que no sirven para el comercio de la vida, seguirán denunciando el hedor de las pocilgas.

Mientras puedan, mientras les dejen.

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España )