EL HOMBRE SI CENTRO

En su célebre clasificación de las formas de gobierno, Aristóteles no muestra demasiado interés en pronunciarse a favor de una u otra; le interesa, en cambio, la distinción entre gobiernos virtuosos, que atienden a la consecución del bien común, y gobiernos degenerados, que atienden a la consecución de intereses particulares.

El gobierno del doctor Sánchez debe considerarse, desde luego, entre los degenerados; pero no -como se desgañita el demócrata tremendo- porque alcanzase la poltrona presidencial en un enjuague parlamentario y no en unas elecciones, sino porque en todo momento se ha guiado por la consecución de intereses particulares.

Que no son, por cierto, los intereses de los catalanes, ni los intereses de su partido, ni los de ningún otro grupo, bandería o secta… sino los suyos propios. Al doctor Sánchez, desde que puso el culo en la poltrona, no lo mueve otro afán sino su propio beneficio; e inevitablemente, llegado el momento de abandonar la poltrona, ha elegido también el momento que más convenía a su estricta salvación personal, que es lo único que interesa al resentido.

Todas sus negociaciones o contubernios con los separatistas no eran, a la postre, más que un señuelo. El doctor Sánchez no hizo otra cosa sino marear la perdiz, para poder escenificar después la ruptura con los separatistas, haciéndose la estrecha.

De este modo, logró que la derecha montase una manifestación cuyas reclamaciones pudo presentar ante sus adeptos como exaltadas o paranoicas; y, a la vez, provocó el enfado de los separatistas, que le retiraron el apoyo a los presupuestos. Y esta era la fotografía que el doctor Sánchez anhelaba: la de un estadista moderado a quien hostigan a la vez una derecha/mastín que lo acusa de negociar con los separatistas y unos separatistas/perros del hortelano que se niegan a apoyar unos presupuestos beneficiosos para Cataluña.

De este modo, el doctor Sánchez aparece ante las masas cretinizadas como un «hombre de centro»; cuando en verdad se trata de un «hombre sin centro», un hombre sin alma ni sustancia que, durante todos estos meses, no ha sido más que una «voluntad pura» poseída por la voluptuosidad de destruir, enviscando a unos españoles contra otros, suscitando siempre «antagonismos» que provocaran polarizaciones cada vez más enconadas.

Nada ilustra mejor esta actividad propia del «hombre sin centro» que su empeño por enviscar a los españoles con la exhumación macabra de los huesos de Franco; empeño con el que sólo ha logrado desenterrar… la figura de Franco, que los jóvenes acaban de descubrir, en muchos casos con franca e indisimulable fascinación.

A este «hombre sin centro» nada le importa causar daños colaterales, con tal de satisfacer el interés propio. El principal damnificado de su convocatoria electoral será el Tribunal Supremo, que tendrá que juzgar a los políticos separatistas en medio de una campaña política que convertirá cada avatar de ese juicio en una pitanza de carroñeros.

Si algo ha demostrado el llamado «procés» ha sido el desfondamiento de un Estado cuyos poderes legislativo y ejecutivo se han mostrado por completo incapaces de arrostrar el reto; y, en medio de este desfondamiento, sólo el poder judicial ha dado muestras de entereza.

Al convocar unas elecciones mientras se celebra un juicio tan determinante, el doctor Sánchez no hace sino arrojar al Tribunal Supremo a los pies de los caballos, brindando carnaza para las trifulcas electoreras y abonando las tesis separatistas que denuncian la politización del poder judicial. Pero a un «hombre sin centro», en su apetito voraz de provecho propio, nada le importa causar daños colaterales, ni siquiera cuando implican a las más altas instituciones.

Juan Manuel de Prada ( ABC )