EL HORIZONTE DE UNA PRINCESA

La Princesa Leonor ha comenzado a experimentar (entender y sentir) la responsabilidad y el vértigo de la tarea a la que está llamada. Bien es verdad que lo ha hecho en una ceremonia llena de luz y de significado positivo como es la entrega de los Premios Princesa de Asturias, y además ha estado rodeada por el calor de su familia. Pero seguramente todo eso no le impide atisbar un horizonte más amplio, lleno de promesas pero también de preocupaciones.

Hoy cunde una sensación de fragilidad y quiebra en lo tocante a nuestra convivencia nacional, más aún, en lo que se refiere al proceso de transmisión de las certezas de una generación a la siguiente. La institución monárquica introduce en ese río confuso y desbocado un punto de estabilidad, un anclaje con la tradición y una garantía de continuidad que no excluye la renovación y la apertura a nuevos desafíos. La Princesa Leonor tiene en las trayectorias de su padre y su abuelo una magnífica ilustración de este hecho.

Por eso el estreno de la Princesa con su presencia protagonista, sus gestos y palabras durante la ceremonia de los Premios y las horas que la preceden, no despierta una simple curiosidad respecto a su simpatía innata o su saber estar y decir.

Todo eso tiene su importancia, pero lo decisivo es su disposición libre y consciente (que lógicamente habrá de madurar con el tiempo) para asumir el costoso encargo de representar la unidad de un gran país y la continuidad de su historia.

En los próximos años la Princesa deberá hacer suya con pasión esa historia y deberá entender los retos a los que ahora se enfrenta, tanto internamente como en el plano internacional. El mecanismo de la sucesión responde, necesariamente, a la previsión constitucional, pero es imprescindible el «sí» valiente y lúcido de la persona que ha sido llamada. Tendrá muchas ayudas, pero en eso nadie puede sustituirla.

José Luis Restán ( ABC )