Sendos tuits chungos de Iglesias y Garzón en los que se cuestiona al Rey -invocando en ambos, por cierto, la Constitución- han despertado las alarmas sobre las intenciones de los podemitas, que además han formulado su prioridad de «avanzar hacia un horizonte republicano». ¿De veras los podemitas quieren cepillarse la monarquía?

Ya conocíamos por Donoso Cortés la superioridad de las escuelas socialistas sobre las liberales. Mientras las segundas se acomodan cínicamente a la atmósfera social reinante (que, sin embargo, tornan mefítica, favoreciendo las ofensivas de las escuelas socialistas), las primeras están poseídas por una teología que aspira a «asaltar los cielos».

El fin supremo de las escuelas socialistas, a juicio de Donoso, consiste en «crear una nueva atmósfera social, en que las pasiones se muevan libremente, comenzando por destruir las instituciones políticas, religiosas y sociales que las oprimen».

En este sentido, parece natural a priori que los podemitas quieran cargarse la monarquía, ahora que han alcanzado el poder; pues las escuelas socialistas no se conforman con gobernar -o «gestionar», como dicen las inanes escuelas liberales-, sino que guiados por su particular teología pretenden trastocar la sociedad entera; para lo cual comienzan por reemplazar o pervertir las instituciones.

Pero, en contra de lo que piensan los constitucionalistas chorlitos, el odio instintivo de los podemitas a la monarquía nada tiene que ver con un afán de derruir lo que antes llamaban «régimen del 78», que les parece fetén puesto que ha creado la atmósfera mefítica que favorece sus ofensivas.

Las escuelas socialistas tienen un odio instintivo a la monarquía porque -como la familia fecunda o la propiedad repartida- es una imagen de Dios en la tierra. El odio de las escuelas socialistas va siempre dirigido, en último término, contra la religión, aunque se maquille con los más diversos afeites.

Y, para facilitar la erradicación de la religión, las escuelas socialistas promueven, mediante cambios políticos, el deslizamiento religioso de los pueblos, desde el catolicismo (religión propia de la monarquía tradicional) al ateísmo (religión propia de la anarquía), con estaciones en el deísmo (religión propia de la monarquía constitucional) y la antropolatría (religión propia de la república).

Curiosamente, en España tenemos una monarquía constitucional; en cambio, nuestra «fase» religiosa no es ya el deísmo, sino más bien la antropolatría, con una tendencia creciente hacia el ateísmo.

Y este desajuste no puede pasar inadvertido a los podemitas, que no se chupan el dedo y saben que el mantenimiento de una monarquía vaciada de contenido, con un rey convertido en un florero, puede ser la mejor coartada para introducir tranquilamente los cambios materiales que les permitirán crear una nueva atmósfera social sin provocar resistencias (que, en cambio, provocaría de forma feroz la república).

Convertida en una carcasa vacía y trémula, la monarquía puede ser un maravilloso fetiche que mantenga tranquilas a las escuelas liberales; un fetiche al que, además, los podemitas pueden enseñar de vez en cuando las garras con un tuit chungo, para poner palotes a sus secuaces, que así se engolosinan paulovianamente con el «horizonte republicano».

Y, con estos aspavientos formales, los podemitas pueden dedicarse tranquilamente a controlar el cotarro, dejando que las pasiones se muevan libremente, destruyendo otras instituciones que les resulten más onerosas, y en especial la que es el objetivo último de su teología. Y disfrutando entretanto de las bicocas que les brinda el cotarro.

La monarquía, en fin, convertida en un macguffin hitchcockiano.

Juan Manuel de Prada ( ABC )