EL ILUMINADO

Si a Pedro Sánchez, antes de resucitar de entre los muertos, se le hubiera ocurrido postrarse ante los independentistas con la solícita prodigalidad que está exhibiendo estos días, hace tiempo que los suyos le hubieran mandado a hacer gárgaras. Lo más parecido a lo que estamos viviendo es lo que ocurrió durante la frustrada investidura de hace dos años. Al candidato socialista se le cruzó por la cabeza la tentación de pedir el apoyo de los separatistas para entrar en La Moncloa y el Comité Federal de su partido le frenó en seco. En el salón de actos de Ferraz 70 aun quedan las marcas de las líneas rojas que pintaron los barones socialistas en aquella agitada sesión de exorcismo.

Luego, ya en su segunda vida como secretario general del PSOE, Sánchez pareció haber entendido el obstinado mensaje que le enviaban las encuestas, progresivamente agoreras, y dejó de coquetear con los sediciosos. Muchos votantes estaban yéndose a Ciudadanos por culpa de la tibieza de su discurso en materia nacional. Más tarde, cuando hizo causa común con Rajoy a la hora de aplicar el artículo 155 muchos creimos que sus veleidades plurinacionales habían quedado definitivamente atrás. Pero estábamos equivocados.

Ahora, con el partido maniatado tras las primarias de la resurrección, Sánchez ha aprovechado la conjunción astral de la moción de censura y ha consumado el pacto de Gobierno que le fue vetado por los suyos en marzo de 2016. La única diferencia es que ya no hay nadie a su alrededor que pueda pararle los pies. Eso es lo peor de todo. No solo estamos en manos de un iluminado, sino de un iluminado fuera de control que se cree capaz, gracias a sus habilidades hipnóticas de cobra danzarina, de apear del burro de la autodeterminación y la unilateralidad al independentismo rampante.

El Rey, para escarnio de la dignidad de todos los españoles, tuvo que presidir el acto de entrega de los premios princesa de Girona en un recinto privado porque las instituciones autonómicas se negaron a facilitarle un espacio público. La alcaldesa se negó a asistir. Los CDR rodearon la zona y quemaron fotos de Felipe VI. Y El Gobierno, en un gesto de gran arrojo, solo contrarrestó la soledad del Rey con la compañía del ministro astronauta. Algún genio debió pensar que con un Duque era suficiente.

Para más inri, durante las horas previas, Torra había cargado contra España en un festival de música folk en Washington: «Estado opresor», «presos políticos» y «conductas liberticidas». La monserga de siempre. El embajador Morenés le puso en su sitio ante el griterío histérico de la claque separatista, que se levantó de sus asientos y se fue. Esa misma noche, el president le pidió a Sánchez, a través de la prensa, qué dijera cuál de los dos discursos le parecía más razonable.

Sánchez respondió: «No vamos a buscar para nada la confrontación con el Gobierno de Cataluña» y a continuación, ni corto ni perezoso, puso en marcha el mecanismo para acercar a los presos independentistas a cárceles catalanas. Más claro, el agua. El pobre incauto cree que que el independentismo ha puesto precio a su claudicación y en esta política de postración mendicante está dispuesto a someterse si Torra se lo pide.

Bueno, pues pincho de tortilla y caña a que se lo pide. No importaría mucho si el honor fuera solo suyo. El problema es que también representa al de los demás.

Luis Herrero ( ABC )