EL ITINERARIO

Sólo el apabullante control que el Gobierno ejerce sobre la agenda mediática y la falta de mordiente que la derecha está demostrando en su campaña pueden explicar que el escándalo de las declaraciones de Miquel Iceta haya durado apenas un par de jornadas.

Ante una oposición menos dividida y sobre todo menos desorientada, el PSOE estaría ahora mismo cercado por las consecuencias de esas palabras y sufriría severas dificultades para mantener su ventaja. Porque no se trata de una manifestación más o menos extemporánea de un subalterno sin jerarquía orgánica, sino del principal asesor del presidente en política catalana.

Y sobre todo porque no sólo es la primera vez que un político teóricamente constitucionalista (?) admite como un horizonte viable -y se supone que legal- la idea de que Cataluña se separe de España, sino que aconseja a los partidarios de la secesión un calendario y una estrategia para lograrla.

Ese chocante giro en una cuestión tan decisiva carece de precedentes en cuarenta años de democracia, durante los que la indisolubilidad de la nación y la unidad del Estado han sido las bases incuestionables e incuestionadas de la convivencia ciudadana. Ninguna sociedad política europea dejaría pasar sin debate una novedad clave, de trascendencia neurálgica, sobre su problema colectivo de mayor relevancia.

Sin embargo, el gabinete sanchista ha salido del trance sin excesivo aprieto. Un portavoz se ha limitado a decir que se trataba de una reflexión individual formulada en circunstancias inapropiadas -el escenario preelectoral- y en el momento incorrecto. Nadie se ha molestado siquiera en negar el fondo de la sugerencia ni en desmentir el contexto.

Y no ha pasado nada: 48 horas escasas de relativo jaleo, opacado en seguida por la polémica de los abortos neandertales y el desplante de Borrell a un periodista extranjero. Sánchez continúa levitando sobre sus viernes electorales llenos de ofertas de empleo mientras su principal representante en Cataluña pone fecha y método a una independencia que significa la fisión desintegradora del Estado de Derecho.

Pero el mensaje está enviado. Y coincide con el proyecto del separatismo más pragmático, el de ERC, el partido con el que Iceta coquetea desde hace años, el que puede resolver la próxima investidura con el respaldo de sus parlamentarios.

Esperad, ha venido a decirles, no tengáis urgencia con los plazos; reunid una mayoría amplia mientras nosotros gobernamos y dentro de una década no habrá forma de sujetaros. Un recado dirigido también a los votantes soberanistas menos hiperventilados: en Madrid hay alguien dispuesto a escucharlos. El viaje a su Ítaca mitológica es viable si saben respetar el itinerario.

Ignacio Camacho ( ABC )