EL JUICIO

A falta de las conclusiones finales de las acusaciones y las defensas, el juicio en el Supremo contra los líderes independentistas está virtualmente acabado tras casi cuatro meses. Anteayer, la Fiscalía reiteró su petición de penas de cárcel por rebelión a Oriol Junqueras y a algunos de sus compañeros de banquillo.

Tengo que confesar que no tengo ni idea de la sentencia que va a dictar el tribunal ni quiero incurrir en ningún tipo de especulación porque respeto la independencia y la profesionalidad de los siete jueces de la causa. Estoy convencido de que aplicarán la ley y harán justicia sin ningún tipo de consideración política.

A veces resulta necesario recalcar la obviedad y, por eso, hay que subrayar que la celebración de este juicio con todas las garantías procesales es un triunfo de la democracia española y de la división de poderes.

Los doce acusados se han tenido que sentar en el banquillo porque desobedecieron las resoluciones de los tribunales, impulsaron leyes manifiestamente inconstitucionales y se arrogaron el derecho a declarar de forma unilateral la independencia. En este sentido, es muy importante el reciente fallo del Tribunal de Estrasburgo, que dice blanco sobre negro que el Parlamento de Cataluña no podía saltarse la legalidad ni ignorar la suspensión del Pleno decretada por el Constitucional.

El respeto a la ley como expresión de la soberanía nacional es esencial y ninguna democracia que se precie de tal hubiera tolerado que una minoría pisoteara la Constitución en nombre de una pretendida legitimidad sin sustento jurídico alguno. Lo que se está dilucidando en este juicio es una cuestión política, sí, porque no hay nada más político que defender la igualdad frente al supremacismo.

El mantra independentista de que el Supremo carece de autoridad para juzgar a estos dirigentes es una falacia porque utilizaron sus cargos públicos para destruir un ordenamiento legal que tenían la obligación de defender. Si no estaban de acuerdo con lo que representaban, lo coherente es no haber desempeñado responsabilidad institucional alguna.

Ninguna democracia puede sobrevivir si tolera que existan líderes que vulneran la ley y que se jactan de no respetar las reglas. Por eso, están en el banquillo. Y, por eso, tienen que asumir el veredicto judicial sea cual sea. Si quieren que su causa tenga credibilidad, no les queda otro remedio que ser consecuentes con lo que han hecho.

Pretender ser un héroe del independentismo catalán y huir de la Justicia es una cobardía. Ello sólo demuestra que Puigdemont no está dispuesto a pagar ningún precio por sus ideas. En este sentido, hay que reconocer que Oriol Junqueras ha mantenido una posición digna y coherente.

No se está juzgando a presos políticos sino a políticos presos porque nadie puede estar por encima de la ley ni del Código Penal. Una democracia no puede sobrevivir si no se respeta a sí misma. Eso es lo que está en juego.

Pedro García Cuartango ( ABC )