EL LAZO AMARILLO, ESTIGMA CONTRA EL DISCREPANTE

La guerra de los lazos amarillos continúa su escalada en Cataluña. Y como toda guerra, la primera víctima que se cobra es la verdad. Pero nunca es tarde para hacer pedagogía. El lazo amarillo, que empezó siendo una forma insidiosa de solidarizarse con los políticos presos a base de considerarlos presos políticos, ha ido ampliando su significado político hasta convertirse en un marcador identitario que ha mutado del victimismo a la agresividad, es decir, que hoy sirve antes para estigmatizar al catalán no independentista que para expresar el recuerdo de la situación procesal de un puñado de dirigentes a la espera de juicio.

Lo ocurrido en el restaurante de Blanes -cuyo dueño, al retirar los lazos de su local, se hizo acreedor al escrache de la patrulla de la intolerancia que va por las calles de Cataluña amarilleando lo público y hasta lo privado- es solo el penúltimo incidente que llega hasta los medios, incapaces de registrar ya todas las manifestaciones de una grave fractura en la convivencia cotidiana.

En realidad, se está cumpliendo el guion que Quim Torra consignó en su último libro (Els últims 100 metres), y que describe las tres fases de su plan para la independencia de facto: protesta, no cooperación y suplantación. El irresponsable supremacista que pilota la Generalitat se propone pasar en septiembre de la primera a la segunda fase, al precio de seguir pisoteando la representación de más de la mitad de sus gobernados y de reeditar la desobediencia al Estado del que es cabeza ordinaria en la comunidad catalana, como prometió en su toma de posesión.

Ante semejante designio, resulta necio o cobarde colocar en pie de igualdad democrática a los que colonizan el espacio público con el apoyo del Govern -y de sus Mossos- y a los que reaccionan en defensa de la higiénica imparcialidad de lo común. Unos se saben respaldados y financiados por la hegemonía nacionalista en las instituciones para quebrar la Constitución y otros se organizan civilmente para defender la ley, hartos de tragar con un dogma que hasta se proclama desde orwellianos altavoces como el del Ayuntamiento de Vic.

Que se produzcan altercados e incluso agresiones es lamentable y condenable, pero es lo que ocurre cuando el Estado hace dejación de su función primordial: asegurar la neutralidad de la calle y la seguridad y libertad de sus ciudadanos. El desorden crece en el vacío.

De ahí que nos cueste entender el último movimiento de Pablo Casado, desmarcándose del compromiso en primera persona con la retirada de lazosdespués de haberla alentado, y pretendiendo que quienes perseveran en esa actitud generan una crispación estéril. Se trata de un claro reproche a Ciudadanos, después de que Albert Rivera e Inés Arrimadas se sumaran a la acción simbólica de quitar lazos amarillos en Barcelona. Da la sensación de que Casado, en su búsqueda de perfil propio, quiere evitar que se le acuse de hacer seguidismo de Rivera; pero cuando se trata de resistir la ofensiva del supremacismo no caben coqueteos con la tibieza o el tacticismo.

El votante constitucionalista en Cataluña y los electores del centroderecha en toda España no entenderían que el PP se equivocase de adversario en un asunto como este, máxime cuando esperaba mayor firmeza de Rahoy cuando gobernó Cataluña por siete meses a través del 155 y cuando el relevo del tancredismo marianista había despertado la ilusión de una batalla decidida contra el nacionalismo.

El Mundo